ENTRE LA TELEBASURA, EL MEDIOEVO Y LA CENSURA

 

Me llamó la atención el caso de la concursante que se presentó cantando en inglés en el popular concurso de la televisión ecuatoriana y ante una pregunta de una de las juezas del reality, ella respondió que “no cree en Dios”, este hecho generó una serie de reacciones que van desde la represalia del jurado ante la respuesta de la joven, hasta las denuncias de discriminación hacia una muchacha que piensa de forma diferente a la manera de pensar de las mayorías.

 

Entonces hay quien apela a la Declaración Universal de los Derechos Humanos o a la Constitución del Ecuador, donde se declara que “todas las personas son iguales, gozarán de los mismos derechos, deberes y oportunidades”, donde ninguna persona puede ser discriminada, por su religión o por su ideología.

 

Independientemente que el caso en cuestión genere reacciones viscerales por algunos actores sociales, quiero resaltar algunos detalles que muestran una realidad compleja y profunda.

 

 

En primer lugar, la reacción de las personas que hacen de juezas del concurso dejan en evidencia que en el pensamiento primario de un segmento importante de la población no evolucionó con la modernidad y se quedó en la edad media, que creía que en todas las acciones humanas, Dios era el principio y el fin de todo, nada escapaba a su control y poder, por lo tanto eran inaceptables las ideas o estilos de vida fuera de su incumbencia.

 

En segundo lugar la proliferación del formato comunicacional “reality show” que es un concepto  que se utiliza en el ámbito de los medios de comunicación y del entretenimiento que basan su propuesta en la explotación del dolor ajeno, que se exhibe a una audiencia que la acepta y lo consume si ningún problema ético o moral.

 

El investigador Ignacio Sotelo, sostiene que "el consumo de televisión es un indicador de las diferencias entre clases socio culturales. “A mayor desarrollo social, cultural y económico, se ve menos televisión; en cambio, en las clases más atrasadas es donde más se la consume".

 

Y de ello parecen aprovecharse de los programadores y directivos de las televisoras, porque en su “negocio”, el tamaño de la audiencia es lo que determina la programación televisiva. Entonces, no importa la calidad, ni el contenido, ni las consecuencias, solo importan los réditos económicos.

 

Me gustaría vivir en un país donde se haga uso de las libertades civiles de manera inteligente, porque de no hacerlo caemos en el peligro de recurrir a la censura, donde la verdad oficial, tome el control de los que podemos ver, apreciar, aceptar o consumir y creo que en el mediano plazo el remedio será peor que la enfermedad.

 

Jorge Mora Varela