El día del trabajo en el Ecuador.

¿El día de los AUTISTAS?

El autismo es el trastorno psicológico donde una persona se concentra en su mundo interior y pierde contacto con la realidad exterior.

Es la sensación que tengo, que vivo en un país de “autistas”, cada vez que empiezo un día de trabajo.

En este mundo, en el que cada uno de los actores del quehacer ecuatoriano, políticos, económicos, culturales y sociales parecen vivir concentrados en su mundo interior, sin entender que son parte de un entramado social, en el que deberían interactuar juntos, tienen derechos, obligaciones y que deben responder por sus actos, pero…

El Presidente de la República del Ecuador, a primera hora de la mañana, en cadena nacional, saluda y celebra al trabajador ecuatoriano y pone de manifiesto los “logros de su gobierno en materia de empleo y remuneración”, pero NO hace referencia a los miles de ciudadanos que perdieron, pierden y perderán sus puestos de trabajo por las políticas gubernamentales que él se supone las debe asumir cuando buscó la injerencia en el Ecuador del FMI y sus amigos.

 

Los trabajadores que hacen sus demandas a través de marchas, carteles, gritos y proclamas, desde el discurso marxista del siglo XX y que ya NO responden a la realidad laboral del siglo XXI.

El ministro del trabajo, que parece obsesionado en mostrarle al ejecutivo cifras de empleo público con tendencia a la baja, sin ningún miramiento al costo social y el sufrimiento de miles de familias que NO tienen forma de sostenerse en la cotidianidad.

El ministro de finanzas que parece hacer méritos para ser nominado como el “empleado del mes” de banqueros y financistas nacionales e internacionales a los cuales NO les importa el costo social.

El legislativo que ocupa toda su atención en protegerse de sus enemigos y de sus propios fantasmas y NO legisla para proteger el empleo y con él a sus ciudadanos, de manera especial a los más jóvenes.

Las ex autoridades que fracasaron, que cometieron una serie de errores políticos, técnicos y éticos. Que NO asumen ninguna responsabilidad frente a los daños que ellos de forma directa le ocasionaron al país, con un grave costo social y del cual NO asumen ningún tipo de responsabilidad.

A las instituciones educativas que alargan la vida estudiantil hasta límites insostenibles, para entregar profesionales que la sociedad NO los necesita.

Las familias que ejercen una democracia famélica, cuando solo depositan el voto y se desentienden del hecho político, hasta que el estado les obligue a tener el nuevo “certificado de votación”, pero eso si esperan milagros de la clase política que NO responde al interés de los electores, sino a su interés personal.

Y todo desemboca en un grupo de personas que actúan como “autistas”, que NO entienden lo que pasa y esperan el día del trabajo, para gritar sus frustraciones, que confían en las palancas para conseguir trabajo o confían en el poder milagroso de sus íconos religiosos de su preferencia.

El día del trabajo debería reinventarse como una oportunidad para repensar las políticas, los compromisos y los deberes sociales que nos exige el nuevo tiempo y NO como una oportunidad que utiliza el ejecutivo para desarticular la protesta social, una ocasión para que el sector turístico una vez más reactive su economía, una coyuntura para participar en las marchas, gritar “abajo el gobierno” y dejar salir al vándalo que a veces llevamos dentro o un medio para alejarse de las obligaciones laborales.

 

Jorge Mora Varela