El Coto en Quito

El Coto en Quito

Equipo Mireño de Pelota Nacional, modalidad viento

Continuo en el relato otro de los contertulios, Remigio que había vivido en carne propia la derrota del equipo de pelota de guante en Quito.

Por esos tiempos, las noticias llegaban con una semana de atraso. Porque el camino de Mira a Quito se cubría en tres días y con dificultades. La primera parada era donde los negros carboneros del valle del Chota y después por la vía a Mojanda, y el famoso tambo de Malchinguí, donde decían, los anfitriones hacen fritangas de los viajeros.

En 1917, el equipo de Pelota de Guante de Mira se fue a jugar para Quito, tal era su fama que nadie dudaba que ganaría, al punto que muchos apostadores, vendieron sus burros, con todo aparejo, para disputarse en el juego. Lo propio hicieron las mujeres: se desprendieron de sus queridas pailas y olletas de bronce. El juego de pelota se llama coto y en ese memorable año los diestros fueron acompañados hasta con la Banda de Música. Lo cierto es que los astutos quiteños convidaron al líder un brebaje que le descompuso el estómago, por lo que vio la derrota de su equipo con mucha pena y desconsuelo.

Formulas y Secretos para volar

 

FÓRMULA PARA VOLAR.

Eliécer se animó a hablar: Después de mirar en lontananza, como quien tra­ta de adivinar el tiempo de las lluvias dijo:

En Mira, las magas que además eran muy guapas mantenían en secreto las fórmulas para volar. Dominaban el espacio y al parecer, el tiempo, porque podían recorrer varios países y visitar varias ciudades. Hay quienes aseguraban que un sacerdote fue llevado hasta Londres únicamente para comprar los famosos cortes ingleses y que a la ma­ñana siguiente ya tenía estas famosas telas para que le confeccionen una so­tana. Claro que evitó cualquier comen­tario.

Para volar, estas mujeres, se solta­ban su larga cabellera. Previamente se vestían de blanco con enaguas largas y almidonadas, que se escuchaban crujir mientras se desplazaban y en las arcas o el sobaco -como se decía antigua­mente a las axilas- se colocaban unas unturas milagrosas que eran una espe­cie de pomadas mágicas que única­mente conocían las Voladoras y las pre­paraban con total hermetismo.

Después se subían al techo de las chozas de paja. Abrían sus brazos, unían sus torneadas piernas y pronunciaban unas palabras mágicas: DE VI­LLA EN VILLA, SIN DIOS NI SANTA MA­RÍA. De esta manera emprendían el vue­lo, aprovechando las noches de luna, aunque en otros sitios lo hacían en no­ches oscuras, acaso para despistar a los curiosos.

PLATA A CAMBIO DEL SECRETO

En el Mentidero estaba Aurelio, con voz pausada refirió lo siguiente: El hom­bre entre una sonrisa picara, comentó que en una ocasión hizo caer a una vo­ladora sacándose el sombrero y ponién­dolo boca arriba. La mujer se le acercó y le pidió "por diosito" que no cuente na­da. A cambio de mantener su boca ce­rrada la Voladora le entregó mucha pla­ta. La plata de antes, dijo Aurelio, recor­dando estos sucesos. Dijo que se fue a dormir tranquilo y feliz. Como era tanto lo que le ofreció la hechicera, Aurelio no tuvo más remedio que ocultarle cerca de unos matorrales con la precaución de señalar el sitio. Cuando al otro día fue a recoger el producto del trato, se en­contró que en lugar de la plata había majada de ganado; muy iracundo fue donde la Voladora para reclamar su te­soro, pero esta le aseguró que le había entregado monedas de plata y que del resto no tenía la menor idea. Como ade­más era verdad, e| entonces joven Aure­lio dejó abandonado su botín, ahora convertido en majada. El momento que hizo caer a la voladora, le reconoció quien era; recordó que en días anterio­res su hija pequeña había hecho un comentario al que no le pusieron mucha atención, -en casa de la señora María estaban colgadas en los alambres del patio unas enaguas blancas, blanquísi­mas, largas, larguísimas - dijo la niña, claro comparadas con su tamaño, le pa­recían una inmensidad. Un dato más pa­ra comprobar que lo que el vio era cier­to, no estaba soñando, no fue una aluci­nación.

Las Voladoras de Mira

Las Voladoras de Mira

Parroquia: Mira

Techos desde donde las voladoras emprendían el vuelo.

La noche era de luna. Luna llena sobre los campos. Esa claridad "esa parda claridad" confería al entorno un color azulado. Había ese silencio cómplice sobre las sementeras, donde las nubes estaban apenas insinuadas. Desde la colina donde nos encontrábamos, se podía divisar todo el pueblo de Mira: sus casas de techumbres de paja en su mayoría, muy pocas de teja, la iglesia blanquecina, que resplandecía, las angostas calles y los huertos. Habíamos ido con mi hijo Manuel, al regadío de la sementera de papas.

De pronto, un ruido casi imperceptible. Alzamos a mirar el cielo de luna llena, porque el sonido procedía de arriba. El ruido que nos atrajo era el del vestido de una mujer que pasaba sobre nuestras cabezas y entonces, ante nuestros ojos, todas las historias de nuestros mayores se hacían ciertas: una Voladora, que no era otra cosa que una hechicera que se dirigía por los aires, como un enorme pájaro, probablemente hermoso.

"Las Voladoras"

"LAS VOLADORAS"

En el antiguo pueblo de Chontaguasi (Mira) las personas murmuraban en las esquinas, bares o en el campo en voz baja, como queriendo que su "chisme" no sepa nadie, el miedo a ser hechizados, visitada la familia por las noches en el techo de la casa, o en su pequeño huerto por las voladoras, haciendo que el pánico invada el lugar; las voladoras son mujeres que tienen un cabello largo negro y suelto, enaguas grandes y vuelan de barrio en barrio en una escoba vieja hecha de ramas, que a la luz de la luna se les ve cruzar el pueblo como siluetas, causando miedo y escalofrío a los moradores. Dicen los mayores que no son malas, simplemente ellas traen noticias frescas de todos los pueblos o de la ciudad de Ibarra, otros dicen que con sus poderes mágicos elaboran pomadas medicinales que curan enfermedades de la piel y curan los resfríos y dolores musculares.

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