LA SOMBRA DEL PANTEÓN VIEJO

En 1896, la ciudad de Tulcán despuntaba en el horizonte como una atractiva cajita mágica, que encerraba en su interior una infinidad de misterios que tentaba ser descubierta. Los largos recorridos que en pequeñas caravanas emprendían los "Pupos Caminantes" para vender e intercambiar productos agrícolas con personas de otros lugares, así como también, el ir y venir diario de los foráneos que a su paso por Tulcán se hospedaban en casas de familias caritativas y generosas, convertían a la capital carchense en fuente de noticias frescas que corrían de boca en boca entre hombres, mujeres y niños.

Cuenta la leyenda que en la parte oriental del cementerio (El Panteón Viejo), en las noches de luna aparecía la sombra erguida de un hombre corpulento y en su garita de matorrales se plantaba desafiante a los viajeros como un centinela que custodiaba el campo santo. A veces se lo veía agotado, otras semejaba bailar con las sombras al son de los vientos helados de junio, habían ocasiones donde aquel personaje misterioso se portaba caritativo, llamaba insistentemente con su diestra para que se acerquen a él. Esta noticia se volvió tenebrosa para propios y extraños; pasado las seis de la tarde muy pocos se atrevían a cruzar por aquel sitio, si lo hacían era a pasos ligeros entre dos o más personas, llevando candela en un tiesto con un poco de sahumerio; nadie podía mirar el sitio, tampoco era permitido regresar a ver, un clima de pánico y tensión envolvía el sector.

En la ciudad vivía un hombre a quien lo llamaban Papá Bautista con cariño y respeto, era un mayor que había sido criado "al sol y al agua", estaba en las buenas y en las malas, no tenía temor ni a la mismísima muerte, para él era fácil hacer las cosas ya sea el día o la noche. Don Bautista en cierta ocasión regresaba de Puerres (Departamento de Nariño) con su esposa Visitación, arreando la yegua baya que cargaba alimentos. Era viernes y a media noche pasaba por el cementerio, de pronto apareció la tan mentada '"Sombra del Panteón", allí estaba a escasos metros erguida entre matorrales una descomunal figura humana, su diestra se movía insistentemente llamándolos, la yegua detuvo su marcha, empezó a relinchar y a retroceder, Doña Visitación enmudeció y se agarró del brazo de su esposo. El viento que con fuerza soplaba como si estuviese en un festín del más allá movía los sixes, marcos y guantos, la luna se escondió en una nube espesa y la noche tornose más obscura, era difícil continuar la marcha pero Don Bautista no se daba por vencido, sacó el berraquillo (perrero o fuete), azotó al animal que se paró En sus patas traseras y empezó a manotear tratando de amedrentar al intruso, era una lucha sin cuartel, el valor y el miedo estaban frente a frente.

Papá Bautista lleno de coraje echó maldiciones, apretó los dientes, se quitó el poncho pupero, se acomodó el sombrero de paño, con la mano derecha apretó el perrero y con la izquierda tomó a su esposa y a paso lento, firme y seguro se acercaban a enfrentar la misteriosa sombra, la misma que viéndose derrotada empezó a desvanecerse poco a poco como tenue niebla y a cambio de ella asomaba una espesa mata de marco que a esa hora emanaba su aroma. De esta manera se disipó la incógnita de la "Sombra del Panteón Viejo".

 

Autor: Prof. Wilson Viveros C.

Fuente: Autoretrato del Carchi Vol 2.  de Luis Rosero Mora