LA CURIOSA DE LA 10 DE AGOSTO.

En la ciudad de Tulcán existe la calle 10 de Agosto la misma que pasa por el Antiguo hospital "Luis G. Dávila" y llega hasta el río Bobo.

En la intersección de la mencionada calle con la Rafael Arellano existía una casa baja esquinera que con el paso del tiempo fue de la familia Zambrano.

Cuentan los abuelos que en dicha casa vivía una señora santurrona, beata y allegada en demasía a la iglesia, aquellas que se golpean el pecho, pero salen del templo y vuelven a caer en el mismo pecado.

La vida de esta mujer transcurría normalmente en la monotonía diaria de un pueblo pequeño de ese entonces. Dicha señora que por las noches se pasaba en vela, atisbando por una pequeña ventana todo lo que sucedía en las obscuras y frías noches de Tulcán.

Al día siguiente muy de mañana se levantaba para preparar el desayuno y muy diligente salía a comprar el pan en una tienda cercana, ocasión que servía para divulgar con los vecinos todo lo que había sucedido en la noche, en el tranquilo barrio del Hospital.

Las noticias corrían como pólvora y todo el vecindario se enteraba de los chismes más calientes.

Una noche como todas, la mencionada señora hacía guardia junto a su ventana para ver lo que sucedería en ese lapso de tiempo que inmensurable pasaba. Pues, para su sorpresa pasada las doce de la noche, miraba con asombro una multitudinaria procesión que descendía por la calle 10 de Agosto, cuyos feligreses llevaban cirios encendidos y con rezos fúnebres pasaban cerca de su ventana. Una señora toda ella vestida de negro se aparta de la procesión y llega a la ventana de nuestra insomne mujer, le entrega dos cirios y le dice que por favor le dé guardando para el otro día venir a retirarlos.

Durante el resto de la madrugada nada nuevo sucedió y se fue a descansar en su mullida cama. Al día siguiente después de hacer los comentarios con sus vecinos va a mirar los cirios que le dejaron encargados y se llevó tremenda sorpresa que por poco pierde el conocimiento, perdiendo el color y temblando del miedo; que lejos de cirios eran dos enormes canillas de muerto.

Como creyente que era se va a donde el cura de la parroquia y le confiesa sus pecados; el cura tan austero, le dice que era un castigo de Dios por ser tan curiosa y chismosa del barrio y le conmina a que después de darle una misa a los restos mortales vaya a enterrarlos en un lugar sagrado del cementerio y que esa era la penitencia para que alcance el perdón del Todopoderoso.

Desde ese día en el barrio nunca se la volvió a ver a la curiosa atisbando por la ventana, como también se terminaron los chismes y los vecinos vivían en paz.

Lcdo. Guillermo Revelo Hurtado.

 

Fuente: Autoretrato del Carchi Vol 2.  de Luis Rosero Mora