Jorge Mora Varela

Presenta una enigmática historia del realismo mágico carchense

 

“EL CABALLERO DE HOJALATA DEL RIO APAQUÍ Y LA VIRGEN DE LA GRUTA DE LA PAZ”

Prólogo

Aquel año habíamos decidido realizar el campamento de niños en la casa de retiros de la Gruta de La Paz, que pertenece al Cantón Montúfar de la Provincia del Carchi.

 

Viajamos al lugar en un enorme bus, la nueva sensación nos permitía mirar el entorno como si fuésemos los espectadores privilegiados que pueden apreciar todo desde un balcón de un segundo piso, de manera que cuando el automotor entró al estrecho y precario camino que lleva al lugar del encuentro, desde la parte más alta de la montaña, pudimos observar la dimensión y la abisal profundidad de la cañada, se podía sentir la fascinación que provocaba la vista, en medio del vértigo y temor por lo agreste del lugar, dibuja un paisaje que describe uno de los caprichosos rincones de la geografía carchense.

La presencia cristiana en el sector

A partir de la llegada de los españoles y para huir de los conquistadores, en estas tierras se habían desplazado los grupos de nativos como los “Tuzas” y los “Tuquer” que poblaron estas tierras a manera de refugio natural, recóndito, seguro, placentero y con agua.

La cristianización que vino de mano de la conquista española, se extendió por la región, hasta que en el siglo XIX, la Orden de los Mercedarios se estableció en la zona con la construcción de capillas, por iniciativa y gestión del Fray Mercedario Agustín Valdospinos, ante el Presidente de la Real Audiencia de Quito, Don Melchor Aymerich, en el lugar donde hay una gruta natural inmensa, que los nativos llamaban Rumichaca, en Pialarquer, cuya jurisdicción le pertenecía en ese entonces a la "Villa de Ibarra”.

 

Los Mercedarios

Fundación

Durante setecientos años, entre los siglos VIII al XV, la Península Ibérica fue tierra de disputa entre los cristianos y los musulmanes. En estas batallas los cautivos eran destinados a trabajar como servidumbre y cada grupo buscaba imponer su cultura y sobre todo su religiosa.

Las autoridades políticas y religiosas cristianas buscaban liberar a su gente y ofrecer la redención de esos cautivos y es en este contexto histórico surgió la Orden de la Merced.

El joven mercader de telas de Barcelona Pedro Nolasco empezó a comprar y de esta forma rescatar a los cautivos. Se cuenta que el 1 de agosto de 1218 se le apareció la Virgen María, para animarlo en su empeño y le pidió crear una Orden Religiosa para la redención de cautivos y al hacerlo la Virgen María le regalo un hábito blanco.

Este empeño para liberar a los cristianos cautivos en manos de los musulmanes, fue apoyado por el rey Jaime I el Conquistador, a quien también se le apareció la Virgen para pedirle su ayuda para los cristianos cautivos.

De esta manera nacieron la orden de los Mercedarios, que fue aprobada por el papa Gregorio IX en la Santa Sede en el año de 1235 y que a partir de ese momento se difundiría por el mundo este esfuerzo de rescate y redención compuesta por religiosos y caballeros.

 

El campamento de niños

Un grupo de jóvenes, un par de adultos y una horda bulliciosa de niños nos instalamos en la casa de retiros de la Gruta de la Paz, para realizar un campamento y trabajar por una semana en actividades de grupo, de reflexión, de juegos, de deporte y de convivencia entre personas que en muchos casos nos veíamos por primera vez.

El programa del tercer día de campamento, indicaba hacer una caminata que se debería hacer durante la mañana, pero lo agreste e irregular del terreno que se encuentra entre montañas escarpadas, dificultaba la actividad. Preguntamos a los habitantes del lugar, pero nadie nos ayudaba con alguna pista de adonde podríamos ir.

Asumiendo un riesgo, decidimos caminar rio abajo, por una incipiente y al parecer abandonada trocha que marcaba el camino junto al Rio Apaquí, que pasa por debajo de la gruta natural donde se encuentra el Santuario de Nuestra Señora de la Paz y marca el nacimiento de las montañas a cada lado de la rivera del rio, que corre por la hendedura como la única vía de desfogue que llega hasta el valle del Chota.

Luego de caminar por algo más de una hora, de pronto llegamos a una roca inmensa que impedía el paso y al filo de la formación rocosa había una “tarabita” hecha por una cuerda gruesa por dónde se podía desplazar una caja grande, que podría transportar personas o carga desde la orilla de un río a la otra.

 

La tarabita y el caballero de hojalata

El artefacto parecía estar en buenas condiciones, así que decidimos utilizarlo y pasar al otro lado. Primero había que elegir quienes serían los valientes que la probarían, entonces en medio de un inesperado remolino de viento y bruma, apareció un hombre vestido con una armadura plateada y montado sobre un imponente caballo blanco.

Ninguno de nosotros pudimos reaccionar, fue una aparición que nos atemorizaba, cuando apareció el “caballero antiguo”, como si se hubiese escapado un personaje del “Quijote”.

El niño más pequeño del grupo atinó a preguntar:

¿Quién es ese hombre de hojalata?

_____

¿Qué hacéis en este lugar?

Inquirió el extraño personaje con voz fuerte y grave.

¡No podéis utilizar la tarabita!,

Yo atiné a replicar:

El rio es libre y podemos utilizarla.

NO,

Aseguró con su voz que retumbaba en la cañada.

Es propiedad de su majestad Jaime I el Conquistador y está destinada para poner a salvo a los cristianos rescatados de los infieles, que buscan su redención en el Santuario de la Virgen de las Mercedes que está en la gruta donde ella es protectora y guardiana.

Regresad por donde vinieron y nunca más os atreváis a volver.

Luego el extraño caballero de armadura quedó en silencio, hasta que nosotros emprendiésemos la retirada, mientras nos alejábamos, retornó el viento y la bruma, entonces dio media vuelta a su caballo y desapareció entre la roca que cerraba el paso.

 

Epílogo

Nadie se interesaba la historia de la tarabita y el hombre vestido con armadura, a las personas parecían no interesarles nuestro relato, cuando empezábamos a contar o a preguntar sobre este hecho, solo nos ignoraban y se alejaban.

Luego de muchos años volví a la Gruta de la Paz, pero no existía manera de llegar al lugar de la tarabita y aquel extraño encuentro, no había rastro de la trocha, ni siquiera había espacio para caminar, solo la cuenca del Rio Apaquí en medio de las rocas donde nacían las enormes montañas que adornan el lugar.

FIN