Jorge Mora Varela, presenta un relato del realismo mágico

carchense, que va por el sutil camino de la leyenda.

 

Si una LEYENDA es una narración que cuenta

un hecho real o ficticio enriquecido con elementos

fantásticos del bagaje cultural de un pueblo.

 

Ninguno de los acompañantes del cortejo fúnebre lo podía creer, ni entendían lo que estaban viendo, al difunto lo iban a enterrar en un nicho cualquiera de uno de tantos cementerio en la capital, porque en el hermoso campo santo de su pueblo desde hace más de una década él había hecho construir un mausoleo precioso para que llegado el momento allí sean colocados su cuerpo y los de su familia, sin embargo iba a ser sepultado en el anonimato de la gran ciudad.

EN EL CEMENTERIO

EL MIEDO FUE TAN GRANDE, QUE DECIDIERON NO VOLVER.

Todo empezó cuando cada vez que visitaban el cementerio, donde había construido el mausoleo familiar, su esposa le decía mire la losa grande, no está igual que siempre, el hombre miraba y nada parecía estar fuera de lugar, todo parecía estar dentro de lo normal.

Pero su esposa insistía con el mismo comentario, cada vez que llegaban al mausoleo familiar:

“mire que no está como la última vez”

El hombre miraba la construcción donde algún día reposarían los cuerpos de él y de los miembros de su familia y no podía determinar la razón del comentario de su esposa.

La situación se volvió incómoda, la mujer insistía con que “nunca la losa estaba como la última vez”, sin embargo para los ojos del hombre todo estaba igual y esto generaba una tensión que empezó a manifestarse con expresiones gestuales y verbales de mal humor en tonos altisonantes y groseros.

¡No está como la vez anterior!

¡Todo está igual!

Las palabras de su esposa empezaron a obsesionarlo y ocupaban su mente, inclusive al momento en que él se disponía a dormir, hasta volverse una duda insoportable que debía terminar.

Al siguiente día muy temprano salió de casa sin  decir a donde iría, pasó por el garaje donde guardaba su vehículo y de entre las herramientas eligió un “continental”, hecho con una de las hojas de resorte del viejo camión y que serviría como palanca para levantar la losa.

Guardó la barra de acero en un costal y se fue al cementerio, para averiguar que estaba pasando y tranquilizar a su compañera de una vez por todas.

Llegó al mausoleo familiar y percatándose de que nadie lo mirase, apalancó el continental bajo la ceja de la pesada losa y la fue moviendo de a poco, apenas se abrió un boquete y al asomar la mirada hasta el interior de la fosa, el hombre quedó paralizado, incapaz de articular palabra, parecía que le venía un ahogo que amenazaba con matarlo en ese mismo lugar, no podía creer lo que miraba al interior de la bóveda.

Luego de unos largos instantes de pánico que le impedía el movimiento, apenas pudo reaccionar, de un solo impulso colocó la losa en su sitio, entonces sin apenas reparar en los detalles, recogió sus pertenencias, salió de prisa del cementerio y se alejó sin rumbo fijo.

Lo que había visto en el mausoleo familiar lo aterraba, en ese corto espacio de tiempo, cambiaron sus motivaciones, la línea segura por dónde iba a ir la existencia, hasta terminar en el hermoso campo santo que adornaba la ciudad donde él había hecho su vida, su familia, su trabajo y donde más de una vez había jurado que jamás se iría de allí, pero lo que descubrió en el interior del mausoleo, rompió en mil pedazos sus planes de vida.

Los siguientes días fueron un infierno, él estaba a punto de acceder a su jubilación laboral y pensaba disfrutar los años dorados de su vida en su pueblo, pero, ahora no era posible, es más ni siquiera podía hablarlo con nadie, debía pensar, para terminar con esta repentina pesadilla que amenazaba con volverlo loco.

En casa apenas hablaba, siempre estaba ensimismado y malhumorado, solo se expresaba en monosílabos en un tono de voz muy alto y evadía mantener ningún tipo de conversación.

Fue en la vieja capilla donde decidió que hacer de frente a su futuro y el de su familia, vivía prácticamente solo con su esposa, salvo la visita eventual de sus nietos, sus hijos habían migrado hacia la capital en búsqueda de la educación universitaria que les permitiría profesionalizarse, así que regresó a casa y le dijo a su esposa:

Nos vamos a vivir a Quito, preparemos todo para irnos y buscaremos vivir cerca de nuestros hijos en una casa independiente, pero solos.

La esposa no podía entender la reacción de su esposo, pero la idea de vivir cerca de sus hijos y sus nietos, le generaba una contradictoria sensación de felicidad.

Los siguientes meses fueron de preparación obsesiva de su traslado a la capital, no se hablaba de otra cosa que la de irse quizá para nunca regresar.

Para este hombre atormentado, la vida en la capital, fue gris, monótona, triste, cargada de nostalgia, ni siquiera sus nietos pudieron levantar el ánimo caído de aquel hombre que un día de pronto y sin previo aviso decidió alejarse de su pueblo de toda la vida. Era evidente su proceso de envejecimiento y deterioro personal, de manera que se fue apagando de forma acelerada e irreversible.

Hasta que un día llegó el diagnóstico definitivo, le quedaba muy poco tiempo de vida y él no hacía ningún esfuerzo por mejorar, como si estuviese de acuerdo con la muerte.

En un momento que él y su esposa estuvieron solos, en ese instante definitivo en la vida de aquel hombre, su esposa, con mucha ternura le preguntó: ¿quiere descansar en Tulcán?

Él la tomó de la mano y le dijo: no, no debemos regresar jamás.

¿Por qué?, le demandó ella con la incertidumbre y la angustia que la había atormentado por años.

Él, con una voz que que dejaba entrever el dolor de la amargura, la pena contenida y el cansancio de toda la vida, dijo en voz baja y muy lentamente a su compañera: Recuerda que usted cuando íbamos a visitar nuestro mausoleo del cementerio y me decía cada vez que estábamos ahí, que la lápida no estaba colocada de la misma manera, una mañana fui y destapé los nichos y el lugar estaba lleno de cadáveres, ninguno tenía ropa, tampoco se podían distinguir las facciones de nadie, porque tenían la cara destrozada y a todos les habían arrancado las manos.

Me parece que fue la gente del otro lado, los que usaron nuestro nicho como fosa común para las víctimas de la guerrilla y el narcotráfico, creo que ellos usaron nuestro mausoleo para ocultar a los caídos de sus guerras y conflictos, por esta razón ni usted ni yo podemos regresar a nuestro pueblo.

Luego de confesar su pesadilla a su conyugue, él no volvió a pronunciar palabra y a los pocos días de aquella aterradora revelación, murió.

Solo se sabe que poco tiempo después su esposa también falleció, llevándose a la tumba el secreto que su pareja le había confesado y que ella decidió que la macabra confidencia que le había confiado su esposo moriría con ella.

FIN.