Una historia que nació entre las aulas y talleres del entrañable "Vicente Fierro" de la Ciudad de Tulcán.

 

LAS VARILLAS PERFECTAS AUN DEBEN PERMANECER OCULTAS

Era la primera vez en la vida de la familia, en que nos íbamos a cambiar de casa, ya éramos adultos y nuestros padres habían envejecido, el estudio, el trabajo y el crecimiento de la ciudad, nos daban la oportunidad de vivir de acuerdo a los estándares de la modernidad, así que debíamos elegir las pocas cosas que deberíamos llevar al nuevo hogar y la inmensa cantidad de cachivaches que deberíamos abandonar.

Así que pasamos unas cuantas semanas, seleccionando y eligiendo con cuales cosas deberíamos iniciar nuestra nueva vida.

La tarea que en principio nos parecía tediosa y rutinaria fue más interesante de lo que nos había parecido. De alguna manera podíamos tocar con nuestras manos la historia de nuestras vidas, de nuestras familias, de nuestra infancia y juventud y esto lo hacía difícil prescindir de los objetos que parecían eran parte de nuestra piel.

 De pronto en una de las viejas repisas apareció un pequeño paquete de tela, atado con pulcritud, lo tome y lo desaté con cuidado y entonces apareció ante mis ojos un par de objetos metales brillantes, un par de “varillas huaqueras”, la una con una cruz y un aro abierto y la otra con la cruz y el aro cerrado en la cúspide, parecían un par de joyas platinadas, hermosas, perfectas, al engancharlas entre sus aros, podía sentir la fuerza magnética que corría entre mis manos.

 

Desenganché las dos varillas y al tomar la tela, para colocarlas en su lugar, me percaté de un par de detalles, importantísimos, trascendentes y contradictorios, que me dejó pensando por mucho tiempo, busqué alguna información que me pudiese orientar y al final tomé una decisión, de la cual espero no arrepentirme nunca.

 

El Maestro Luis Herrera y los lejanos años de colegio

En la secundaria, yo, había elegido la especialidad de mecánica y el profesor era aquel hombre entrado en años, conocido por su habilidad y capacidad profesional, pero además por su mal carácter y el uso frecuente de un vocabulario soez y subido de tono.

 

Sin embargo conmigo tenía un trato cordial y respetuoso, pero con algunos de mis compañeros sacaba a relucir sus características que lo hacían conocido en el pueblo, el uso frecuente de las “vocabulario procaz”. Sin embargo los padres de familia confiaban en su capacidad para enseñar “bien” la mecánica y porque el parque automotor de la ciudad confiaba en él sus unidades y en eso era brillante.

El hombre tenía tantos años, que cuando él ya era un hombre, llegaron a Tulcán los primeros vehículos de motor, de manera que El Maestro “Lucho” en su juventud trabajó en la herrería y en la forja y esta última habilidad la conservó hasta el final de sus días.

 

El trabajo especial y discreto

Una mañana como tantas, mientras nosotros realizábamos las horas de práctica en el taller, debajo, sobre o entre los fierros de los vehículos que transitaban por los difíciles caminos de la Provincia del Carchi, el Maestro Lucho y un hombre de mediana edad que lucía un viejo y raído terno gris, permanecían alrededor del escritorio de la oficina, donde se podía ver que hablaban a la par que rayaban o escribían sobre algunos papeles. Cuando terminábamos la jornada de trabajo, aquel hombre se despidió del profesor y se alejó.

Mientras me preparaba para abandonar el taller, el Maestro, se acercó a mí y me pidió que le ayude en un trabajo especial por los siguientes fines de semana, para trabajar en la forja, una tarea muy especial.

Así fue, el día sábado, llegué antes de las ocho de la mañana y el maestro ya estaba listo con su ropa de trabajo, con algunas hojas de papel entre sus manos, a las que les prestaba toda su atención.

Debemos hacer un par de “varillas huaqueras”, me explicó, al tiempo que comentó: dice el cliente que podrían cambiar la “Historia del Ecuador”, por esto debemos hacerlas perfectas, de todas maneras está pagando “muy bien” aseguró.

Yo preparé las herramientas, la forja, coloque las tenazas, los guantes y los martillos en la mesa de trabajo cerca del yunque, mientras el hombre, tomaba en sus manos una pieza de acero brillante, a la cual miraba con atención, la cortó en dos pedazos y empezó su trabajo de calentar al rojo el metal y empezar a moldearlo sobre el yunque a golpe de martillo, hasta obtener las características que estaban descritas en las hojas de papel.

Después de algunas semanas de obrar de manera silenciosa, donde solo se podía escuchar el resoplar del aire que avivaba el fuego, el sonido del martillo sobre el yunque y repaso ronco de las limas sobre el acero, se tenían listas las dos piezas semi huecas, como un par de dardos de acero brillante, coronadas con las cruces y los aros, el uno cerrado y el otro abierto, listas para recibir  en su interior , la cantidad precisa de mercurio, que debía ser cerrado y asegurado con los tapones roscados, sin que pierda el peso, el balance y el equilibrio, para que las varillas de “huaquero”, puedan detectar los tesoros que permanecían escondidos en cualquier lugar.

El hombre se empeñaba en terminar su trabajo de manera impecable, al hacerlo, tomó unas piezas de tela que tenía al interior de su armario, envolvió las varillas con cuidado entre los paños de lienzo que le había dejado el dueño del trabajo y las ató con esmero.

Al finalizar la tarea, luego de dejar impecable el taller, el Maestro Lucho, me pagó, lo que era para mí, mi primera recompensa económica y fue un momento especial, me sentía un hombre grande, pues disfrutaba del placer de sentir en mis bolsillos mi propio dinero, así que me olvidé de aquel trabajo y me dedique a disfrutar la sensación de ser un señor independiente.

Pasado algunos meses, el Maestro Lucho, sin que medie ninguna explicación, me pidió guardar sin avisarle a nadie el paquete de tela con las varillas, tomé el encargo en mis manos y le pregunté ¿por qué? es mejor que usted se las guarde por una temporada y sin decir nada más, dio media vuelta y se alejó.

Pasó el tiempo y sus inexorables consecuencias, un día cualquiera, falleció el Maestro Luis Herrera, de manera natural y él como un personaje sui generis del pueblo, pasó a formar parte del anecdotario popular, por su vida, sus formas y maneras y la vida siguió su curso.

 

Al preparar la mudanza a la nueva casa y el inesperado hallazgo

 

Cuando apareció frente a mis ojos, el pequeño paquete de tela que contenían las “varillas de huaquero”, que yo había olvidado por completo y al sentir la fuerza magnética que corría entre mis manos cuando las enganché, volvieron a mi memoria, los años maravillosos de la juventud, las aulas, los compañeros, los primeros embates del amor y en principio no me percaté de los detalles que estaban en la tela, pues ahí estaba dibujado un mapa, donde se indicaba con precisión, dónde estaba una parte importante del tesoro de Atahualpa y que fue escondido por órdenes del General Rumiñahui y que con las varillas el dueño del encargo pretendía encontrar.

 Mis pulsaciones se aceleraron, por la sorpresa del hallazgo, pero al final estaba un nombre que con el devenir de los años estaba relacionado de manera categórica con la muerte y la violencia de la segunda mitad del siglo XX en toda la región y que tuvo una muerte violenta con claros vestigios de tortura, como su misma vida y ahí me percaté que fue él quien le pidió al Maestro Lucho trabajar las “varillas huaqueras”.

Esta insoportable coincidencia me dejó pensando por mucho tiempo, busqué alguna información que me pudiese orientar respecto a ¡qué hacer! y al final tomé una decisión, de la cual espero no arrepentirme nunca.

Volví a colocar el mapa, las varillas y el nombre de aquel personaje siniestro en el olvido, de manera que sean otras generaciones y en otros tiempos cuando esta información pueda ser revelada y utilizada de la mejor manera posible, porque en estas circunstancias yo no soy capaz de asumir las consecuencias de tal hallazgo.

 

FIN