Jorge Mora Varela, presenta: Una historia del realismo mágico ecuatoriano,

del “Mundo de Simón” y

de “Antonia” @tonialashapei

 

LOS OJOS EN EL RIO

Desde hacía unas cuantas noches, mi esposo empezó a sufrir pesadillas, su sueño era inquieto hasta que se despertaba de manera violenta, aterrorizado, bañado en sudor, como si buscase escapar de un temor que lo perseguía y lo angustiaba.

 

El día de sol y la tormenta

Aquella mañana el calor era sofocante, mucho más de lo normal, parecía que el sol estuviese más cerca de lo habitual, la temperatura amenazaba con terminar con quemar a las plantas, los perros estaban recostados a la sombra y permanecían quietos, sin siquiera insinuar su acostumbrado paseo matinal y nosotros intentábamos cumplir con las tareas en medio de un calor incómodo e insoportable.

Mientras nos preparábamos para tomar la comida del medio día, la temperatura empezó a disminuir de manera brusca, en medio de una serie de ráfagas de viento que corrían de manera fuerte y parecía que corría por los cuatro costados.

Mi esposo aseguró que en la tarde iba a llover y así fue, sin apenas percatarnos, el ambiente se cubrió de penumbra que evidenciaba la presencia de la lluvia fuerte, acompañada de una tormenta eléctrica, que dejaba ver su potencia y su extraña belleza en el firmamento cubierto de nubes obscuras.

Todo ocurría de prisa, venteaba con fuerza, llovía de manera dispersa y errática y empezó a caer una granizada inmisericorde que destrozaba de frente a nuestra mirada el jardín de flores y frutos que cultivábamos con esmero.

Esa tarde llovió con tal intensidad, como nunca habíamos visto, que nos atemorizaba, las calles se convirtieron en ríos que arrastraban la maleza y piedras. Encendimos la radio para escuchar las noticias del temporal atípico y fuera de temporada, que se manifestaba en toda la ciudad.

Para colmo de males se interrumpió el fluido eléctrico en todo el sector, esta situación nos dejó con una sensación de vulnerabilidad e impotencia a expensas de la naturaleza y su potencia impredecible.

Frente a esta situación producto del comportamiento natural, solo había que esperar que no sucedan daños ni desgracias que lamentar, entonces solo había que aguardar a que amaine la lluvia y termine el día en medio de la obscuridad atemorizante, solo acompañados de la incipiente luz de una vela y en silencio que se rompía con el sonido del agua que no terminaba de escurrir por los canales de desagüe.

 

El nuevo día, el paseo y las noticias

Amaneció el nuevo día, despejado, luminoso, acompañado de los cantos de los pájaros, sin embargo se podían dimensionar los daños que había provocado la granizada en los jardines de la casa y el lodo que había corrido por los patios.

Mi esposo puso los collares a sus mascotas y se dispuso a salir a recorrer el vecindario, no me gustaba que salgan a caminar luego de una tormenta tan violenta y extraña, pero sin ellos, podría poner en orden la casa.

En ese momento se restableció el flujo eléctrico y se encendió la radio que describía los destrozos de la tormenta que había azotado la ciudad el día anterior y se daba cuenta de la desaparición de algunas casas y de la “escuela” de la loma, entonces llamé la atención de mi esposo que se alejaba y apelando a los gritos le conté de las novedades y le pedí que tenga cuidado, él levantó la mano y respondió que si había escuchado y entendido y que tendrían cuidado.

Los tres tomaron el camino que llevaba hasta el río y crecía mi preocupación, pero eran años que salían juntos, así que no me quedaba más que confiar en ellos.

 

El infrecuente regreso

Los paseos solían durar un par de horas, pero esta vez no tardaron en regresar, entraron a la casa y sin ninguna explicación tomaron agua y fueron a descansar, juntos y en silencio.

Cuando les pregunté ¿cómo les había ido?,

Mi esposo respondió: bien…

Y no pronunció ninguna palabra más, yo pensé que su silencio y extrañeza obedecía al comportamiento difícil de la perrita, que por su juventud, tenía una energía sinigual, lo que ponía a prueba su resistencia física y su paciencia.

 

Las pesadillas

Esa misma noche empezó su conducta inusual que se evidenciaba en las pesadillas, su sueño era inquieto hasta que se despertaba de manera violenta, aterrorizado, bañado en sudor, como si buscase escapar de un temor que lo perseguía y lo angustiaba. Entonces buscaba con desesperación a sus perros, que lo miraban de manera fija y sin pestañear.

Esta situación se manifestó por unas cuantas noches, hasta que hablándoles con firmeza, les pedí una explicación.

La condición que me puso mi compañero, fue que lo escuchara y le ayude a pensar ¿cómo debían actuar?, la forma de iniciar la conversación me preocupó aún más, pero primero debía escuchar.

Los ojos en el río

Esa mañana fueron al rio y el camino tenía huellas de la tormenta, se veían los desplazamientos de tierra, algunos árboles habían sucumbido y permanecían de cabeza, apenas sostenidos en unas cuantas raíces y amenazaban con caer.

 

Pronto llegaron al río, que estaba crecido, sus aguas eran obscuras y bramaba como nunca, entonces sus dos amigos caninos se pusieron nerviosos. Simón con su cuerpo intentaba alejar a mi esposo y Antonia retrocedía al tiempo que ladraba sin cesar.

 

De pronto en medio del cauce aparecieron algunos pares de ojos que flotaban sobre el agua y miraban con tal fuerza que llamaba la atención e impedían no mirarlos. Todos eran de color café y se podían distinguir los rastros de sangre que salían del iris y bordaban sus contornos,

“como un grito desesperado, pero sin voz y sin palabras”.

El momento era aterrador, los ojos se fueron alejando y se perdieron entre el cauce violento del río crecido y oscuro.

 

La angustia ciudadana

La violencia de la tormenta había desprendido una parte de la montaña y habían desaparecido algunas viviendas y lo más grave era la desaparición de una escuela primaria con algunos niños que permanecían en el local.

Los deslaves eran enormes y los flujos de lodo y piedra habían hecho desaparecer las quebradas que rodeaban el lugar, entonces la posibilidad de rescatar a sobrevivientes era nula.

 

La policía y el Sargento Rodríguez

Decidimos acudir a la policía para contar lo que habíamos visto, para dar una pista del paradero de las víctimas de la inusual tormenta.

Llegamos a las oficinas policiales, entonces mi esposo se acercó dónde estaba el oficial de turno y le empezó a contar el hecho. El funcionario, frunció el ceño y mostrando su enojo, le pidió que se retire y no le haga perder el tiempo, porque no podía llegar a hacer una declaración en el caso de una tragedia y con la presencia de dos perros.

Mi esposo trataba de explicarle al oficial, lo que habían observado, pero fue inútil, entonces se puso de pie, tomó los collares de sus mascotas y empezó a caminar hacia la salida. En la puerta se cruzó un miembro del cuerpo policial, él llevaba un uniforme de suboficial, el hombre era pequeño de estatura, de mediana edad, de vientre abultado, de cabello negro lacio, de rostro redondo y colorado.

Mi esposo lo miró por un momento, lo reconoció y le llamó:

  • Sargento Rodríguez
  • Sí… respondió él,

Buenos días Sargento, hace algunos años, nosotros hicimos el curso de adiestramiento canino con ustedes en el local del norte de la ciudad.

El hombre miró a Simón y preguntó:

¿Tú eres el perro desobediente e indisciplinado?

Simón, se acercó al policía y con un movimiento de su cuerpo y su cabeza, lo saludó con alegría.

  • Y tú, “no eres un perro en serio”, le dijo a Antonia en tono de broma, entonces ella empezó a gruñir y amenazaba con morderlo.

 

  • Así me gustan los perros, aseguró el policía, con carácter y determinación.

Mi esposo le comentó al policía la razón de nuestra presencia en el recinto policial, este escuchó con atención, luego de unos instantes ordenó:

Síganme…

Los cuatro empezamos a seguirlo, entonces él dio media vuelta y corrigió, los dos perros vienen conmigo y ustedes esperen aquí unos minutos.

Entraron a una oficina pequeña, el hombre cerró la puerta, mientras nosotros mirábamos por la ventana, él se sentó en la silla tras de su escritorio, hizo que los canes se sienten en el suelo de frente a él.

En la oficina el sub oficial gesticulaba y hablaba con los perros y no sabía distinguir si dialogaba con ellos o los interrogaba.

Simón permanecía sentado y cada vez que Antonia se levantaba, él le ordenaba permanecer en su sitio.

Cuando salieron de la oficina, el Sargento Rodríguez, dispuso que al otro día, a las 07h00 y nos pidió que estemos en el lugar dónde habíamos visto el hecho extraño.

Así procedimos, a la hora señalada estuvimos en el lugar y la policía ya estaba allí, el Sargento tomó a los canes y procedió con ellos y les pidió que busquen. Simón y Antonia, olfatearon por unos instantes y empezaron la búsqueda de los desaparecidos.

Al terminar la mañana tenían como evidencia un trozo de muro que parecía provenir de la escuela, un jirón de tela de un uniforme escolar y un pequeño pedazo de hueso que hacía presumir pertenecía a un cráneo de niño.

Luego de los estudios periciales, las evidencias mostraban la presencia cierta de los niños en el lecho del río, pero nunca se pudieron encontrar más rastros.

 

Epílogo

Las autoridades de la ciudad, declararon al sector del río donde se encontraron las evidencias como “Campo Santo” y cada vez que mi esposo y sus amigos recorren por el lugar, cuentan que siempre encuentran en el lugar hermosos arreglos de flores, con que las personas recuerdan a sus niños desaparecidos aquella tarde de tormenta feroz que azoló y desapareció la montaña donde funcionaba la pequeña escuela de la ciudad.

 

FIN