FÓRMULA PARA VOLAR.

Eliécer se animó a hablar: Después de mirar en lontananza, como quien tra­ta de adivinar el tiempo de las lluvias dijo:

En Mira, las magas que además eran muy guapas mantenían en secreto las fórmulas para volar. Dominaban el espacio y al parecer, el tiempo, porque podían recorrer varios países y visitar varias ciudades. Hay quienes aseguraban que un sacerdote fue llevado hasta Londres únicamente para comprar los famosos cortes ingleses y que a la ma­ñana siguiente ya tenía estas famosas telas para que le confeccionen una so­tana. Claro que evitó cualquier comen­tario.

Para volar, estas mujeres, se solta­ban su larga cabellera. Previamente se vestían de blanco con enaguas largas y almidonadas, que se escuchaban crujir mientras se desplazaban y en las arcas o el sobaco -como se decía antigua­mente a las axilas- se colocaban unas unturas milagrosas que eran una espe­cie de pomadas mágicas que única­mente conocían las Voladoras y las pre­paraban con total hermetismo.

Después se subían al techo de las chozas de paja. Abrían sus brazos, unían sus torneadas piernas y pronunciaban unas palabras mágicas: DE VI­LLA EN VILLA, SIN DIOS NI SANTA MA­RÍA. De esta manera emprendían el vue­lo, aprovechando las noches de luna, aunque en otros sitios lo hacían en no­ches oscuras, acaso para despistar a los curiosos.

PLATA A CAMBIO DEL SECRETO

En el Mentidero estaba Aurelio, con voz pausada refirió lo siguiente: El hom­bre entre una sonrisa picara, comentó que en una ocasión hizo caer a una vo­ladora sacándose el sombrero y ponién­dolo boca arriba. La mujer se le acercó y le pidió "por diosito" que no cuente na­da. A cambio de mantener su boca ce­rrada la Voladora le entregó mucha pla­ta. La plata de antes, dijo Aurelio, recor­dando estos sucesos. Dijo que se fue a dormir tranquilo y feliz. Como era tanto lo que le ofreció la hechicera, Aurelio no tuvo más remedio que ocultarle cerca de unos matorrales con la precaución de señalar el sitio. Cuando al otro día fue a recoger el producto del trato, se en­contró que en lugar de la plata había majada de ganado; muy iracundo fue donde la Voladora para reclamar su te­soro, pero esta le aseguró que le había entregado monedas de plata y que del resto no tenía la menor idea. Como ade­más era verdad, e| entonces joven Aure­lio dejó abandonado su botín, ahora convertido en majada. El momento que hizo caer a la voladora, le reconoció quien era; recordó que en días anterio­res su hija pequeña había hecho un comentario al que no le pusieron mucha atención, -en casa de la señora María estaban colgadas en los alambres del patio unas enaguas blancas, blanquísi­mas, largas, larguísimas - dijo la niña, claro comparadas con su tamaño, le pa­recían una inmensidad. Un dato más pa­ra comprobar que lo que el vio era cier­to, no estaba soñando, no fue una aluci­nación.

 

LA PARRANDA DE LOS GALLOS

Todos recordaban las tremendas pa­rrandas de Eloy. Por eso casi no se in­mutaron cuando trajo a conversación el tema de las fiestas de las Voladoras, más bien se admiraron que no se hubie­ra ido con alguna de ellas. Lo que dijo podría resumirse así: una de las costum­bres que se relataban en esa época era de que las Voladoras hacían muchas fiestas. Porque hay que decirlo, las Vola­doras hacían magia, pero blanca, que es muy diferente a la magia negra, que causa estragos. Las fiestas que se ha­cían en aquella época eran muy ruido­sas y las farras se conocían como un "patio", porque eran precisamente en estos sitios -en medio del perfume de los árboles y las madreselvas donde se efectuaban las parrandas.

A veces llegaban invitados no muy gratos. Como aquella ocasión que esta­ba de paso una tropa - en esas intermi­nables guerras entre conservadores y li­berales- y se percató de la música. Con sigilo, unos pocos uniformados se diri­gieron a la casa donde se escuchaba la música que provenía de las guitarras. Golpearon las pesadas puertas. Les abrieron unas hermosas mujeres y en ese momento la música dejó de sonar. Entraron los militares, pero no encontra­ron a las parejas que hasta hace poco -así lo parecía- estaban en tremenda fa­rra. Lo único que descubrieron fue a mu­chos gallos amarrados a las patas de las camas y sobre una mesa enorme, un ra­cimo de plátanos.

Convencidos de que el cansancio les jugó una mala pasada, los milicianos se despidieron y se alejaron del pueblo. Después de un rato, se deshizo el en­canto. Los gallos amarrados con trabas a las patas de las camas, se convirtieron nuevamente en apuestos hombres. Sin embargo, todos rieron porque al indivi­duo que estaba convertido en mano de plátanos le faltaba un pedazo de la jer­gueta. Claro, dijeron las mujeres, seguro que un soldadito se llevó -a escondidas-un guineo. Entre risas, comenzaron a sonar las guitarras y los zapateos siguie­ron hasta más allá del amanecer.

 

EL MARIDO DE LA VOLADORA

Casi sin pedirle, Teodoro refirió una historia. Dijo que había escuchado hace mucho tiempo, pero todos sabían que el pobre Teodoro era marido de una Vola­dora. Nadie, aunque se aguantaron las ganas, le cortó su relato y más bien -de cuando en cuando- le miraban para ver si por el sombrero no se salían unos ca­chos.

Teodoro contó la historia de una Vo­ladora que vivía cerca del parque. Esta mujer salía todas las noches, y aunque su marido le preguntaba sus motivos, esta se mostraba esquiva. Decidió es­piarla. Para esto se hizo el dormido, pe­ro tratando, de cuando en cuando, de abrir un ojo. Con el reflejo de una vela, miró a su mujer que se colocaba unas enaguas blancas almidonadas; unas "unturas en las arcas", como se decía antes y se soltaba su hermosa cabellera. Después abrió la puerta y salió. Teodoro dijo que ese marido abrió sigilosamente una rendija para espiar. Su mujer estaba subida al techo de la choza de paja y pronunció unas palabras: DE VILLA EN VILLA, SIN DIOS NI SANTA MARÍA, en­tonces su cuerpo se fundió con el aire y su breve vuelo le dotaba de un aire de pájaro enorme y majestuoso.

El hombre de este cuento también quiso imitar a su mujer. Por eso después de cerciorarse de que se había marcha­do por las nubes, él también se colocó las pócimas y hasta repitió la fórmula para volar: DE VIGA EN VIGA, SIN DIOS NI SANTA MARÍA. Sin embargo, como no tenía experiencia en estos meneste­res lo único que consiguió es que su cuerpo -cuan largo era- se golpeara una y otra vez con las vigas de la choza, en lugar de la famosa: De Villa en Villa, ha­bía dicho las palabras equivocadas. Cla­ro que hay que reconocer que nunca abrió lo suficiente los brazos y peor pu­so equilibrio en el duro oficio de em­prender el vuelo. ¿Cómo descubrió su mujer estas artimañas? Supo que su se­creto estaba un tanto develado cuando su marido se hallaba todavía dándose contra las vigas al momento que ella lle­gaba de su viaje. La mujer pensó que era preferible iniciarle en sus secretos, antes que -por resentimiento- divulgara lo que sabía.

Le prometió a la noche siguiente lle­varle a sus aquelarres,, que es el sitio donde se encuentran las brujas. Pero después, meditando, dijo que -como prueba- primero lo llevaría a una fiesta, para que vea cómo se comporta. Le hi­zo prometer que por ningún motivo pi­diera sal, peor un cuchillo. Aunque no le indicó el significado, el marido supuso que era algo relacionado con la hechi­cería.

Después de volar un rato por arriba de las torres de la iglesia, la Voladora y su marido aterrizaron en un lugar distan­te. Allí, ante los ojos del marido se pre­sentó una escena: una mesa larga, con candelabros de plata. Tenía un mantel de fino bordado, donde relucían las co­pas de vino y los relucientes cubiertos, probablemente de plata, que reflejaban unas velas delgadas y elegantes. Los manjares eran pródigos: carnes de dife­rentes especialidades y aunque él no sabía los nombres de los platillos, intuyó que se trataba de cerdo, conejo y res, aderezados con salsas de olores inten­sos. Además de las delicias de estas tie­rras: un cuy, de piel tostada con unas papas enormes y un ají, molido en pie­dra. Era tan abundante esta mesa y con tantos manjares que era un paisaje para los ojos.

A un lado de los candela­bros se encontraban delica­dos dulces. El salón era magnífico. Algo nunca visto por el esposo de la Volado­ra, que aún recordaba, mi­rando el techo, su reciente aventura por los aires de su modesta choza. Los invita­dos estaban sentados en unas sillas que solo se veían en las revistas, de unos re­yes de nombres simples, pe­ro con números romanos, que el hombre de nuestra historia ya ni recordaba.

¿Por qué le habría dicho su mujer que no pidiera sal, ni tampoco que nom­brara la palabra cuchillo? Esas eran las interrogantes que le preocupaban mien­tras agradecía a un paje, que le colocó una salsa especial en una carne mecha­da. No resistió más y pidió sal.

No acabó de decir que le alcanzara el cuchillo, porque del sillón Luis XVI, donde se hallaba, descubrió que en un instante se encontraba sentado en una piedra. La majestuosa sala había desa­parecido llevándose los escudos herál­dicos y hasta la chimenea, donde hace un minuto aún crepitaban los leños. De la dispuesta mesa no quedó sino un pastizal y de los ricos manjares donde destacaban la variedad de carnes, el marido se encontró trinchando una ma­jada de vaca, en lugar de un delicioso fi­lete. El encanto duró lo mismo que los tiernos ojos de la, hasta hace poco, ado­rable bruja.

Ni que decir de nuestro personaje que tuvo que regresar a pie hasta su ca­sa, porque la Voladora de las iras levan­tó el vuelo, perdiéndose en la noche va­cía.

 

UN GALLO DE AMANTE

Le tocó el turno a Ignacio. Aunque to­dos se quedaron muy conmovidos con la historia de Teodoro, que seguía repi­tiendo innumerables platos que -eso de­cía- contaban que había en esa mesa, no pudieron más que abrir los ojos con lo que refirió Ignacio. Lo que ocurre es que el asunto era medio peliagudo por­que estaba involucrada una tercera per­sona y porque también se hablaba de infidelidades. En otras palabras, las cor­namentas que ciertas Voladoras coloca­ban, como adorno en las frentes de sus maridos.

En cierta casa de Mira, en su corredor siempre permanecía templada una soga amarrada de un pilar a otro. En esa soga resistente permanecía, invariablemente, un racimo de plátanos, de esos traídos después de un ajetreado viaje desde el valle del Chota.

Obviamente, nadie se preocupaba de semejante mano de plátanos, peor el marido de la Voladora que no sospecha­ba que cuando él salía para las faenas agrícolas, el mentado racimo se conver­tía en un apuesto hombre que pasaba a ocupar su lecho.

Otra de las estrategias de estas bru­jas era convertir a sus amantes en ga­llos. Así evitaban sospechas y el gallo de marras permanecía muy quedo, amarrado, con traba, a la pata de la ca­ma. Eso sí, cuando se iba el marido co­menzaba a cantar bajito, pero converti­do en un mancebo de voz sonora. Con razón decían los mayores, algunas mu­jeres se negaban rotundamente a matar a los gallos viejos, porque argumenta­ban que dan mal caldo, era mejor de ga­llina vieja que da buen caldo.

 

Tomado del Libro “MEMORIAS DE MIRA”
Autor: Rosa Cecilia Ramírez Muñoz