Noviembre 17 de 2003

 

            Cuando empezó a llover las llamaradas de gloria a un canto de los tiempos de Acuario, besaste mis párpados despiertos, pero soñando con la Iniciación en los misterios.

 

            El mago encarnaba las fuerzas en este pobre cuerpo decadente que tú lavaste con gran trabajo allá abajo en la Estigia.

 

           Me alejé en medio de las saladas ondas del mar en brazos de la Stella Maris, y me rodé con mis sueños por ahí, en la secreta casa de Kéter, el Anciano de los Días.

 

            Deseé los labios tuyos para dormir nunca y lograrme loco, estrictamente loco de amor como para arder y quemar mi propio cuerpo, mismo que una vez ya murió.

 

            En el lago de aquellos cisnes nocturnos, el agua refleja tus risas, tus ojos; reflejan el tiempo, ese que vivimos cuando yo era tú y que después de mi breve muerte física lo empiezo a experimentar por otra vez más.

 

            Mi deseo por esta noche, tan sólo aspira a plasmar aquellos sitios de los siete superuniversos donde anduve bogando, arrostrando un destino divino que los hados no pudieron atrapar para sus juegos.

 

            Mi deseo es estrellarme en mi propio pecho ardiendo en llamas, es ser la caída de la noche para gritar la luz que me diste.

 

            Amén.

 

Por: Miguel Ángel Bolaños Vela (Ángelus)