Vías tantas aquellas de la elocuencia

que te transportan al silencio y al misterio,

un suspiro de azul hidalgo en la demencia

de hablar no vulgata como pájaro de monasterio.

 

Non ego, Don Quijote, non ego,

amoris Dulcinea en el velo de tu magia,

non ego, la alquimia en tu espada y en tu ruego,

surgen destellos alegres de un presagio que se presagia.

 

En el  divino balcón de la dorada aurora

asoman los sueños de las miríficas estrellas,

no sé si sabrás tú la broma mía en tu última hora

si hablo de Apolónicas veces con níveas centellas.

 

Non ego, Don Quijote, no lo hagas por mí,

vete en tu corcel como en un bajel mágico al infinito,

pero te ruego dejar dentro mío tu lid

tan en lo hondo de mis ojos y en su lejanía tu grito.

 

Si os decís la vuestra locura tan sabia

comprenderéis para vos la verdad de las palabras,

y luego quizá los fénix se acomoden en la rabia,

quizá de aquella vuestra lanza en batallas tantas.

 

Llevad a cabalgar mis sueños tantos,

llevad mis resuellos también contigo,

la bendición de la gloria va en llantos santos

para mirar la Luz tan nívea de lo divino.

 

Non ego, mi noble mentor de la magia,

abrid las puertas del otro lado del cosmos,

iros a la más lejana estrella de antropofagia

donde las víctimas renacen en los dioses que somos.

 

Podré sentir en mi carne tu grito del otro lado,

talvez en mi sutil ensueño de dedos místicos,

o será en mis manos de galas extrañas de los hados,

o adoraciones naturales de los hombres druídicos.

 

Perdóname por este inconsútil delirio,

non ego, muestra al mundo el perfume de los lirios.

 

Por: Miguel Ángel Bolaños Vela (Ángelus)