-    No todas las mujeres somos fervientes fanáticas de la maternidad      -

OTRA CARA DE LA MATERNIDAD

 Daniela Mora

Publicado por Daniela Mora

Lejos de hacer un homenaje al ser abnegado y sacrificado que nos dio la vida, quiero hacer una profunda reflexión sobre las condiciones sobre las que se asienta la maternidad en toda esfera y develar a la mujer que se encuentra detrás del rol de madre. Dicho esto, es importante empezar este análisis con cifras reales sobre maternidad en Ecuador (Fuente: INEC, 2012) donde:

·         Según el rango de edad, el 3.4% de las madres tiene entre 12 y 19 años, es decir son menores de edad.

·         En relación a su población femenina de 12 años en adelante, la provincia con mayor porcentaje de madres es Carchi con el 69,9%, seguida por Los Ríos con 68,9%.

·         De acuerdo al nivel de instrucción, el 51,1% de las madres en el país tienen educación básica, el 23,1% educación media y el 17% educación superior. Las madres que no poseen nivel de instrucción tienen un promedio de 6 hijos, mientras las de Educación media 2,4 hijos.

 

·         El 45,3% de las madres se dedican a quehaceres domésticos mientras el 42,9% trabaja, de estas últimas el 22,9% se dedica al comercio al por mayor y menor.

Ahora bien, tal como lo he afirmado en publicaciones anteriores, defiendo consistentemente que el hecho de haber nacido con útero y estar en plena edad reproductiva no nos vuelve fervientes fanáticas de la maternidad; así como también considero que el traer una nueva vida a este mundo no debería ser producto del azar o la consecuencia de un método fallido de anti-concepción, sino la expresión de un deseo al menos consensuado (aunque muy pocas veces planificado) de asumir ese rol; o al menos algo que debería darse en condiciones mínimas de dignidad para el nuevo ser humano y sus progenitores. Sin embargo, en una sociedad que invisibiliza realidades tan aterradoras como el hecho de que del porcentaje total de embarazaros adolescentes, el 30% se dio por violación dentro del seno familiar, no podemos pretender esas mínimas condiciones para llevar a cabo el acto maternal en todos los casos.

Como sociedad parecemos estar empeñados en perpetuar conductas que poco han contribuido a la erradicación de los embarazos adolescentes o embarazos no deseados, pues aún no hemos logrado desmitificar a la sexualidad y mucho menos promover una vida sexual saludable, menos aún si repetimos discursos nocivos como el alcance de la plenitud femenina a través de la maternidad.

Muchas veces he mirado a mi madre en silencio “cumplir con su labor” y pienso: ¿Qué hizo esta mujer para merecer una vida tan ingrata? Ella no me lo reprocha jamás, pero detrás de sus manos y sus ojos tristes se esconde la historia de una mujer que en un acto de amor infinito se olvidó de ella misma y que jamás recibirá una compensación suficiente por su sacrificio. Sus dos hijos le costamos su carrera, su vida y su comodidad. De hecho, el bienestar de nosotros dos le costó el no poder pensar en ella misma durante años.

Me tendrán que perdonar la transgresión de su confianza aquellas mujeres que en un acto de plena amistad me han revelado, a modo de secreto oscuro, que si pudieran elegir y volver el tiempo atrás no tendrían a sus hijos, o al menos retrasarían varios años su maternidad. Me lo han dicho como si de un pecado se tratara, y lejos de juzgarlas, me arriesgo a decir que las entiendo.

En el Ecuador el costo de tener y mantener un hijo sobrepasa la barrera de lo económico, pues aunque se pretende cambiar la mentalidad de la población respecto a compartir las responsabilidades que implica una vida de hogar, sigue siendo la mujer la que lleva la mayoría de la carga, sobre todo social, puesto que, debido a las necesidades económicas y el deseo de superación personal y profesional, la mujer ha buscado conquistar espacios públicos y puestos de toma de decisiones, lo que ha obligado a desplazar el rol tradicional de cuidado de la prole en algún familiar cercano, siendo lo más común, imponer aquella responsabilidad sobre las abuelas. Esto ha provocado que la mujer sea señalada y muchas veces criticada por no dedicar suficiente tiempo a ‘su hogar’ y a ‘sus hijos’ sin importar cuán exitoso sea su desempeño puertas afuera.

Esta realidad, ha modificado el comportamiento de las generaciones jóvenes, siendo hoy en día un grupo más numeroso de personas las que han optado por la decisión de no tener hijos; esto contrasta con la realidad de países como Alemania, Japón, España, Italia o Rusia donde las personas en edad económicamente activa no tiene hijos, muy pronto dejarán de trabajar y buscarán pensionarse, dejando un hueco difícil de llenar en las economías de estos países. Por ello, sus gobiernos han decidido incentivar a los adultos a tener hijos a pesar de la crisis y se ofrecen compensaciones económicas a fin de aumentar los índices de natalidad en su población.

En países como el nuestro, este tipo de compensaciones económicas están lejos de ser una realidad, la sobre-población hace que la preocupación por los recursos sea cada vez mayor, tal como lo planteó Robert Malthus en 1798, cuya teoría afirma, a grandes rasgos, que el crecimiento de la población humana siempre tiende a superar el de la capacidad de producción de recursos de la tierra (especialmente los alimentarios), ya que “mientras la primera crece de forma geométrica, los segundos sólo lo hacen de forma aritmética”. Las consecuencias de este hecho son, por un lado, el hambre y el incremento de la mortalidad y, por otro, el aplazamiento del matrimonio y la limitación del tamaño familiar.

En estas condiciones se hace necesario admitir que no siempre la maternidad es un regalo, que no todos los niños vienen con el pan bajo el brazo; y, no podemos hacernos ciegos frente a realidades tan crudas que revelan que cuando una niña-mujer resulta embarazada es arrojada a los brazos de un hombre y condenada a convertirse en un ser servil o ‘gerente de hogar’, y que en nuestro país es la realidad del 45.3% de las madres. Tampoco podemos olvidar que antes de la última reforma al Código Civil, realizada en el mes de abril de 2015, estaba permitido que las niñas de 12 años contraigan matrimonio, lo que convertía a la maternidad en un acto de violencia.

Habrá quien me diga que ha logrado conjugar la maternidad y la vida pública de manera exitosa, que todo se trata de organización en el hogar, que no hay sacrificio más bello que el que se hace por sus hijos y está bien. Que quede claro que no estoy en contra de la maternidad, así como tampoco estoy en contra de las mujeres que lo decidieron y que tuvieron el coraje de hacerlo y salir delante de manera exitosa; de hecho, admiro a aquellas que lo han logrado a costa de todos, me saco el sombrero ante ustedes y las aplaudo de pie.

Lo que he pretendido a lo largo de este texto es visibilizar otra cara de la maternidad, despojándome de los sentimentalismos que vienen atados a estas fechas y poner sobre la mesa una realidad de la que casi no se habla, pero de la que también nos deberíamos preocupar.