La Biblioteca de Tulcán

En 1894 el Concejo Municipal discutía la necesidad de que en la ciudad existiese una biblioteca pública; puesto que las había únicamente particulares.

Tras la discusión del proyecto en varias sesiones, la revisión del presupuesto y la elaboración del reglamento que regiría dicho departamento municipal, en mayo de 1896 se inauguró la Biblioteca Municipal en uno de los salones del edificio.

Obra que fuera posible gracias al empeño que el gobernador de entonces, Don Luciano Coral, invirtiera en recopilar documentos bibliográficos y libros de autores tanto nacionales como internacionales.

Alejando Mera en su Monografía de Tulcán, describe la biblioteca así: “El primer bibliotecario fue el Sr. Dn. Flavio Coral. Hoy la Biblioteca Municipal se halla en uno de los salones de la Casa del Pueblo; el salón, que es decentemente arreglado, está dividido en dos departamentos, uno en donde se guardan los libros y otro que sirve para los lectores; en el centro se destaca un magnífico retrato al óleo, del fundador de la Biblioteca, señor Luciano Coral. La Biblioteca contiene más de 4.000 volúmenes, los que se encuentran clasificados de la siguiente manera: Filosofía, Religión, Sociología y Derecho, Ciencias, Ciencias Aplicadas, Literatura General, Literatura (novelas), Historia y Geografía, folletos, Revistas, Periódicos, etc…”

En la Biblioteca era posible la lectura de diarios nacionales y latinoamericanos como: El Día, El Comercio de Guayaquil, el Telégrafo, La Nación, El Universo, La Opinión Pública de Colombia Ensayos, Nubes Verdes de Ipiales, Orientación Liberal, Renacimiento de Pasto, El Nuevo Tiempo de Bogotá, Caras y Caretas de Buenos Aires, Anales de Instrucción Primaria (revista) de Montevideo, Nuevo Mundo, Iberoamericano, La Esfera, La Educación Hispanoamericana de Madrid así como diarios de Chile.

La apetencia de los tulcaneños por conocer e instruirse era tal, que la concurrencia a la biblioteca era de aproximadamente 300 personas todos los meses; a pesar de la existencia de bibliotecas particulares como la del comandante Federico Guerrón o la de José María Grijalva o de Ricardo del Hierro, también la Sociedad Obrera y el colegio Bolívar poseían biblioteca.

El grado de lectura y preparación que tenía la población en esta época le permite a Alejandro Mera hacer la siguiente aseveración: “El idioma no es víctima de imperdonables adulteraciones en la pronunciación… verdad que el sonido de la C y la Z aún se confunden, pero en cambio jamás se trueca el sonido de la Ll por el de la J o G francesa, o por el de la Y, ni menos persiste la costumbre de prolongar y hasta arrastrar el sonido de la R al final de la palabra”

 

Fuente: Blog Verónica Paguay Recalde