Del Realismo mágico de la Provincia del Carchi

 

EL PAN NUESTRO DE CADA DÍA

 

UN DÍA PARA HACER EL PAN DE FINADOS

  • ¿Oye mami vas a hacer el pan?
  • ¡Por favor dime que sí!
  • Mira que es tiempo de las guaguas y de los caballitos.

Ella mirándome con ternura dijo sí, y este año va a ser especial porque vamos a utilizar el horno que construimos tu papi y yo. Pero con una condición agregó: Todos deben colaborar, tu hermano debe ayudar a tu papá a traer leña y tú a preparar la masa, porque viene toda la familia para hacer el pan de finados.

Aquella mañana debía acompañar a mi madre al molino a retirar la harina, porque ya mi padre en días anteriores había dejado el trigo en el molino San Luis, que quedaba frente a la clínica Tulcán. Tomé de la mano a mi mamá y fuimos de prisa al viejo lugar de donde salía una nube blanca que acompasada con el sonido de las máquinas le daban al pueblo la promesa del pan nuestro de cada día.

Mientras yo esperaba, mi madre se perdía entre esa nube para más tarde aparecer acompañada de un hombre pequeño y fuerte, que sobre sus hombros traía un saco que colocó en la carreta que halada por un caballo servía de transporte para llevar la harina, rumbo a la casa donde empezaría la jornada.

Mi hermano nos esperaba con las mejillas coloradas por el esfuerzo hecho y gritaba “el horno ya está prendido”, y la llama está hermosa, ven a ver mami decía el pequeño, con la euforia que le provocaba la aventura.

Mi padre era un hombre fuerte, con el rostro adusto, pero cuando miraba a mi madre dibujaba una sonrisa que llenaba su cara. Ella una mujer dinámica que podía manejar tantas cosas al mismo tiempo. La casa impecable, sus geranios que enmarcaban el magnífico escenario con matices de color, los ingredientes listos, los huevos, la levadura, la manteca de chancho, la panela, de manera que ella disfrutaba el momento, porque las cosas estaban como a ella le gustaba.

Las alacenas de la cocina eran una especie de laberinto mágico de donde salían a voluntad los utensilios más increíbles, que se ajustaban a la perfección a las necesidades del momento. Tomaba algunas bateas de diferente tamaño para preparar la masa de acuerdo a los diferentes sabores que iba a tener el pan, cogía en sus pequeñas manos la masa gigante y la colocaba en la parte más caliente de la habitación cerca del horno luego la distribuía en cada recipiente con maestría y en las proporciones que nadie habría podido cuestionar, mientras las tapaba con manteles de lino especial para esas ocasiones.

En ese momento era como si el tiempo se hubiese detenido y nos permitía el espacio suficiente para mirarnos; mi padre estaba radiante, con el fuego vibrante en su horno y su cara manchada con hollín mientras con sus fuertes manos sostenía la pala que servía para avivar el fuego; mi hermano y yo con una mezcla de tizne y harina intentábamos hacer el trabajo de” hombres maduros” y mi madre que había trabajado mucho más que todos estaba impecable, como si los ingredientes no pudiesen tocarla.

 

AMASAR EL PAN

Yo no podía quitar la mirada de las bateas que tapadas con el mantel de lino iban creciendo como si fuesen a tener muchísimos panes bebés, quería tocarlas, pero me daba miedo que algo fuese a fallar, mientras dudaba entre manosearlas o no, sonaron las aldabas de la puerta principal anunciando a los parientes que venían como todos los años a amasar el pan de finados.

Todos iban tomando posición en la vieja mesa, un mueble grande y bajo que tenía un brillo especial, que creo era de tantos años de amasar. Las personas se colocaban de acuerdo a su antigüedad, las abuelas al fondo, luego las tías, los jóvenes y los niños al final que también tenían su espacio para seguir los pasos de los más viejos en el arte de hacer el pan.

Mi madre decía que primero debíamos hacer el pan de sal, porque requería más calor del horno y que al último el pan de dulce para evitar que se queme y todos nos esmerábamos en elaborar el pan de acuerdo a nuestras habilidades. Las mujeres mayores hacían el pan de sal en forma redonda, palanquetas, injertos y bizcochos.

El pan de dulce permitía abrir espacio a la imaginación y se hacían las roscas que se adornaban con las grajeas de colores, estrellas, manitos, en forma de cruz, en forma de flor y cada uno podía contar de sus habilidades para hacer pambazos, pan de maíz al que había que comerlo apenas salía del horno, delicados, panuchas, bizcochuelos, pan de yema, de yuca, de leche y tantos sabores que nos han acompañado toda la vida.

Era privilegio de las mujeres más hábiles hacer las muñecas, los caballitos y los borregos, que se entregaban a cada niño para ser decorados, entonces comenzaban a danzar las tiras de masa multicolor hechas con anilina, el secreto del color negro era un pedazo de masa mezclada con el hollín del horno entonces estábamos listos para hacer los vestidos a las muñecas, las sillas, bridas, cinchos y el estribo a los caballos o los ojos de los borregos.

Mi madre tomaba una porción de masa y preparaba para mi padre un borrego, el más grande y bello, al que con una tijera le hacía cortes para lograr que se encrespe cuando se hornee. Todos sabíamos que esa era la manera de decirle cuanto lo amaba y él siempre lo recibía y lo comía con deleite, sin compartirlo con nadie, así él retribuía este hermoso sentimiento compartido. Las mujeres de la familia aconsejaban a mi madre no darle a su esposo tanto pan, pero ella con un destello de picardía decía conocer el secreto para mantenerlo siempre delgado y buen mozo.

 

EL PAN HORNEADO

Poco a poco iban desfilando las latas con el pan hacia el horno, esperábamos unos cuantos minutos y ya se podía percibir el aroma del pan recién horneado, que podría identificar de cualquier otro, el hecho por mi madre y sus manos maravillosas. Ya sale la primera lata se anunciaba y todos nos agolpábamos cerca a la puerta del horno que cuando se abría permitía ver los panes horneados a la perfección.

El ir y venir de las latas de pan era cuando la tarde alcanzaba su apogeo y terminaba con los panes de dulce que salían cuando ya moría el día. Un humeante café negro destilado en la chuspa que colgaba del viejo “muchacho” anunciaba el final de la jornada. Cada miembro de la familia regresaba a sus casa con aquel valioso tesoro y la promesa de mantener cada año la hermosa tradición de elaborar el pan nuestro de cada día.

FIN

Jorge Mora Varela