TRES MINUTOS PARA ENAMORARLA

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Se acercó dónde estaba ella, la miró a los ojos y mientras le tendió la mano, preguntó: ¿podemos bailar?; ella dibujó una tímida sonrisa, no pronunció palabra, solo extendió su mano hasta tomar la del joven y se puso de pies.

 

TRES MINUTOS PARA ENAMORARLA

amor

Preámbulo

No me gustaría invitarlo al abuelo al baile, nunca participa, no le agrada bailar, nunca lo he visto hacerlo, llega en silencio, nos mira y luego permanece ensimismado.

El programa de fiestas

Se avecinaban las fiestas del colegio y uno de los eventos que más inquietaban a los jóvenes era el baile estudiantil.

La tarde del siguiente viernes, en los patios del colegio se iba a realizar la fiesta para los estudiantes y como todos los años las autoridades habían invitado a las chicas del  colegio “Tulcán" y del “Sagrado Corazón de Jesús”, cuya presencia ya estaba confirmada.

En el pueblo no existía la educación mixta y la presencia de las hermosas jóvenes en los patios de los colegios masculinos inquietaba a cada uno de los muchachos, que sufrían los embates de la pubertad y la adolescencia, que luchaban entre el conservar al niño o dejar salir al hombre.

 

Cada muchacho tenía la secreta ilusión que aquella hermosa muchacha que había descubierto a la salida del colegio femenino venga a la fiesta, solo así tendría la oportunidad de los “tres minutos para poderla enamorar”.

Los días previos

El muchacho llegó a casa y sin apenas saludar se dirigió al espejo del baño, donde se miraba con atención, movía su rostro de un lado al otro, mientras con sus dedos mecía su cabello, intentaba encontrar las facciones que pudiesen impresionar a la chica de sus sueños.

Su madre que lo miraba con atención y una sonrisa plena de nostalgia; ella entendía a la perfección el momento y comentó a tiempo que preguntó, se acercan las fiestas del colegio, ¿van a hacer el baile estudiantil?

El muchacho se coloreó, como si se hubiese sido descubierto en sus primeros pensamientos hacia la muchacha que inquietaba sus sueños.

La mujer tenía ganas de abrazarlo, pero también entendía que no era el momento de hacerlo, fingió un aire de indiferencia: Al tiempo que le sugirió, deberías ir a la peluquería a que hagan un buen corte de pelo y deberías afeitarte con la máquina de tu papá, le sugirió.

Mientras la mujer daba  la vuelta, con rumbo al patio de la casa, el muchacho le preguntó:

¿Mamá, me puedes ayudar, para elegir lo que me voy a poner?

Se hizo un silencio prolongado; se humedecieron los ojos de aquella mujer, al tiempo que contó con emoción: hace muchos años guardé un terno de tu padre, el mismo que llevaba puesto el día que lo conocí; creo que te ha de quedar muy bien, porque él cuando fue joven era delgado y buenmozo como lo eres tú.

El día de la fiesta

El muchacho regresó de la peluquería con mucha prisa, de forma inmediata empezó a tomar una ducha caliente, luego con la toalla en la cintura se empezó a afeitar con la máquina de su padre.

Al terminar, se secó la cara y se miró al espejo, la imagen que proyectaba no era la de siempre, algo había cambiado en su expresión, como si de repente hubiese madurado, tenía las facciones de un hombre y le gustaba.

Empezó a vestirse con el terno que le había ofrecido su madre, estaba impecable colgado en un armador en el viejo solterón de madera. Hizo el nudo de la corbata como le había enseñado su padre y lo ajustó sobre su cuello. Él volteó para buscar la chaqueta, su madre la tenía entre sus manos y le ayudó a colocársela, ella le dio un par de ajustes al cuello de la camisa blanca y su corbata y besó sus mejillas con ternura; para terminar con un deseo de buena suerte en la tarde del baile.

La fiesta

Llegó a la fiesta a la hora indicada en el horario, todavía había pocas personas, algunos compañeros con trajes de gala, que los hacía ver impecables pero extraños, como si en las últimas horas hubiesen sufrido una grata metamorfosis hacia la madurez. Al fondo de la pista estaba montada una gran tarima, donde en pocos minutos comenzaría a actuar la más famosa orquesta del momento.

De pronto se sentía un fuerte rumor entre los asistentes, eran las chicas estudiantes de los colegios femeninos de la ciudad que llegaban a la fiesta. De a poco fueron entrando en el patio adecuado para la ocasión, él buscaba a la chica que le gustaba.

¡Ahí estaba! Al verla, el joven quedó sin poder reaccionar, la muchacha se veía bellísima, impresionante, era toda una mujer, ocupaba toda la atención del muchacho, llenaba sus ojos, era la muchacha más hermosa que había visto en su vida.

Mientras las chicas se ubicaban en el área preparada para ellas, empezó a sonar la música, el ritmo era contagioso, lo habían escuchado tantas veces en la radio, el cuerpo del muchacho sentía el ritmo en su piel. Había llegado el momento, debía decidirse, e ir a invitar a la muchacha a bailar, De pronto sentía la incomodidad del terno, lo sentía demasiado grande, le sudaban las manos y el terrible temor a que la muchacha lo vaya a rechazar.

Mientras se sentía acosado por todos los fantasmas internos, pudo percatarse que uno de sus compañeros se disponía a invitarla, entonces saltó como si hubiese sido alcanzado por un rayo y con unas cuantas zancadas, estuvo frente a la hermosa mujer, sin pensarlo dos veces, la miró a los ojos y mientras le tendió la mano le preguntó:

¿podemos bailar?; ella dibujó una tímida sonrisa, no pronunció palabra, solo extendió su mano hasta tomar la del joven y se puso de pies.

Con la mano derecha tomó la cintura de la muchacha y con la mano izquierda la mano de ella y como si hubieses bailado tantas veces, el movimiento de los chicos era armónico, dinámico, alegre. Mientras se deslizaban por la pista, se miraban con timidez y entre ellos se cruzaban unas cuantas frases sueltas.

La canción duró tres minutos, al final de la interpretación, él le dijo un par de palabras y ella le respondió con una sonrisa, mientras regresaba al grupo donde estaban sus amigas.

Al final de la fiesta, el muchacho regresó a casa con la chaqueta sobre el hombro, una sonrisa plena, con los pasos alegres y la mente llena de colores, como nunca antes la había tenido.

Colofón

No te preocupes por el abuelo, si tú lo miras con atención, él no sufre, solo recuerda una hermosa vida junto a la abuela, por tantos y tantos años, ellos bailaron muchísimo y lo hacían con fantasía, era un deleite mirarlos bailar, batallar, reír, sobre todo vivir.

Él siempre bailó con la abuela, jamás lo hizo con otra mujer, decía que el baile era la más deliciosa forma de comunicarse con ella, su cuerpo le hablaba y ella decía que danzar con él era una promesa de amor, que siempre se cumplía, entonces su mirada, sus caricias y su forma de bailar eran de su propiedad, le pertenecía y así fue hasta el final de sus días.

 

Jorge Mora Varela

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