EL CHEPITO ESTÁ QUEDADO EN EL PUETATE

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Por fin había llegado el día en que iba a funcionar la iluminación de los escenarios deportivos en el parque de la antigua laguna en la ciudad de Tulcán y con mi grupo de amigos habíamos planeado que esa noche jugaríamos vóley en las canchas de polvo de ladrillo.

EL CHEPITO ESTÁ QUEDADO EN EL PUETATE…

El deporte

 El lugar acordado para la reunión fue mi casa, a la que fueron llegando alrededor de las siete de la noche, mientras las sombras se insinuaban en el cielo, nosotros ya nos preparábamos con la ropa deportiva, los zapatos adecuados y la inmensa alegría de compartir el deporte con los amigos de siempre, los de toda la vida.

El juego nocturno producía sensaciones diferentes, había que agudizar más los sentidos, reconocer la trayectoria del balón con luz artificial tenía su encanto especial. Con el paso de las horas nos enfrascamos en reñidos partidos de vóley, entre saltos, sacadas, alzadas, batidas, ganchadas, clavadas increíbles, risas y una que otra palabra soez que matizaba de manera deliciosa la jornada, así pasaron como una exhalación las horas dedicadas al deporte.

 

Cerca de las once de la noche regresamos a casa, cansados y llenos de polvo de ladrillo, a tomar la limonada que nos preparaba mi madre. Y llevar a cabo el rito que en esa noche marcaba el final de la soltería de Lauro, uno de los más entrañables amigos, cumplir el reto de bañarse en la piscina del Puetate a media noche.

El baño

La neblina que acompañaba a la noche apenas dejaba visualizar el agua de la vieja piscina en ese obscuro y frío paraje al que se llegaba a través de un camino apenas carrozable, conduje mi vehículo casi a tientas, por la densa niebla y lo agreste del lugar, coloqué la camioneta de manera que los faros iluminaban el sitio y el paisaje que apareció ante nuestros ojos era el escenario de un cuento de fantasmas.

El momento de la verdad había llegado, un grupo de muchachos que cumplían un ritual mágico de lanzarse a la piscina a la media noche con una temperatura ambiental de dos grados centígrados y el agua helada que no daba espacio para la duda, había que bracear con fuerza o congelarse.

El Chepe no asoma

En el matrimonio de nuestro querido amigo Lauro nos veíamos impecables, limpios y elegantes, todos habíamos cumplido con el rito de bañarnos en el agua helada, como augurio de buena suerte para nuestro amigo y todos teníamos que acompañarlo en el día de su boda, pero la ausencia de Chepito era evidente.

Ninguno de nosotros sabíamos nada de él.

En la misa vimos a la mamá del Chepito y saludándola le preguntamos porque él no había llegado todavía.

Ella dijo que él no se sentía bien, que estaba decaído y sin apetito, que tenía un comportamiento más raro que el habitual y que estos síntomas los tenía desde la noche que habíamos ido a la piscina.

Sería bueno llevarlo a ver al doctor por si acaso agarró un resfriado o a lo mejor está espantado… dijimos.

Reímos un poco con la ocurrencia.

Al día siguiente el doctor auscultó a Chepito con minuciosidad pero no encontró explicación para la sintomatología que presentaba el muchacho y por más que pensaba y repasaba en su memoria que enfermedad se ajustaba a esos síntomas no encontraba una respuesta convincente, por eso les dijo, hay cosas que la medicina convencional no puede curar.

La mamá de Chepe desesperada al no obtener una respuesta satisfactoria de parte del médico, recordó la conversación que tuvo con nosotros y nos preguntó si conocíamos a alguien que cure el espanto.

Yo había escuchado de una señora muy conocida que trataba este tipo de problemas, Doña Herminda, ella podría ayudarnos.

La Mindita

Una mujer del pueblo, de estatura pequeña y ojos vivaces, siempre dispuesta a ayudar a quien la necesitaba.

La familia de Chepito fue a buscar a la mujer al barrio “El Getapal”, un lugar ubicado en la cañada que desemboca en el río Bobo al que se llegaba por una escalinata bordeada de sigses, paja y pencas.

Cuando encontró a Doña Herminda, la mamá de Chepito le explicó con detalle el problema de su hijo. La mujer la escuchó con atención y sin inmutarse dijo:

-          El joven está “quedado” en el Puetate…. ¡Cómo han de ir allá a media noche…! comentó, es peligroso, si no se lo “trae” se puede morir.

-          ¿Cuándo podemos hacer el tratamiento? Preguntó ella y doña Herminda respondió, de inmediato.

Del Getapal al Puetate el trayecto resultaba corto porque tomaron por el atajo que bordea a la ciudad. En ese trayecto doña Herminda arrancaba ramas de unos arbustos de un intenso olor mientras explicaba en qué consistía la cura.

-          Estas ramas de marco serán suficientes para traer al joven Chepe…

Al llegar al lugar, barrió el borde de la piscina con las ramas de la planta que decía se llamaba marco, mientras decía:

-          Vení, vení Chepito, “no te quedarís”, Vení, vení Chepito, “no te quedarís”, así repetía una y otra vez mientras que las ramas las utilizaba a manera de escoba, desde el viejo balneario hasta la casa del joven.

-          La curación no estaba completa hasta que se frotaban algunas partes del cuerpo con una mezcla de aguardiente y tabaco sin filtro.

Al salir de la habitación con mucha solemnidad dijo:

-          El joven va a dormir toda la noche y mañana estará como nuevo.

Colofón

Al siguiente día preparábamos una actividad grupal que requería la presencia de todos y cuando buscábamos quien podría reemplazar a Chepe, apareció nuestro amigo. Todos lo miramos sorprendidos y al preguntarle cómo se sentía, el respondió:

-          Todo bien… mientras dibujaba una gran sonrisa en su rostro.

FIN

 

Jorge Mora Varela

 

 

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