Jorge Mora Varela, presenta:

La primera parte de una encantadora historia del realismo mágico carchense, del baúl de los recuerdos de Julio César Rosero Mora.

 

UNA TARDE PARA JULIO, EL CORDOBÉS Y EL VITI

 

A Julio, el ofrecimiento de Santiago Martín “El Viti”, lo intranquilizaba, el niño pensaba al tiempo que sufría: ¿y ahora cómo lo voy a llevar?

 

Tulcán de los años 50 y 60

Julio era un niño vivaz, con sus grandes ojos azules miraba a su padre como pintaba y quedaba fascinado del sorprendente mundo de colores que salía de las manos de Don Julio Rosero. Así fue desde su infancia, el niño aprendió a expresar sus ideas, sus sueños y sus emociones con un pincel y en un papel con la naturalidad que lo hacía su progenitor.

Entre el final de la década de los cincuenta y los primeros albores de los años 60, la ciudad de Tulcán de a poco iba entrando en la modernidad, en algunas casas se tenía la radio donde se podía escuchar entre ruidos y sonidos extraños las emisoras en onda corta, entonces se podía imaginar algo de la vida de la Ciudad de Quito, que desde lejos se la percibía moderna, fascinante, cosmopolita.

A las cuatro de la tarde llegaba al parque principal la Flota Imbabura y con ella el diario El Comercio que se distribuía donde Don Juan León Mera.

Los adultos, acudían al local y lo adquirían para leerlo apostados en las bancas del parque principal de la ciudad, entre la mirada curiosa de los niños, que esperaban impacientes que alguna de las secciones fuese dejada a un lado para leer con avidez la información que venía de la capital de la república.

 

A Julio de fascinaba la sección deportiva, donde estaban las fotografías en blanco y negro de los futbolistas y sus hazañas y tenía especial fascinación las imágenes de los toreros que llegaban a principios del mes de diciembre a la Monumental Plaza de Toros Quito de la capital, para mostrar su arte en la tauromaquia, en las corridas de toros, en medio de la algarabía popular que acudían de forma multitudinaria al coso taurino, para admirar el arte, el color y la destreza de los matadores españoles.

 

La fascinación por “El Cordobés” y el mundo de la torería

Sin duda alguna la imagen de Manuel Benítez “El Cordobés”, copaba los titulares de la prensa escrita y Julio no podía escapar de la magia del matador español, por su garbo, desenfado y capacidad para inventar lances que desafiaban los cánones de la torería tradicional y que eran capaces de enloquecer a sus seguidores, hombres y mujeres.

Corría el año de 1965 y Julio con catorce años estaba decidido a pintar al Cordobés y quería entregarle el cuadro al torero en sus manos. Emprendió la tarea de pintura y dejó volar su inspiración, trataba de imaginar los rasgos de la personalidad del torero, en medio de unos de los lances que requerían de decisión y valor. Se figuraba el tono del traje, el de la muleta, del toro, en medio de una multitud de espectadores multicolores.

Al terminar el cuadro, como había visto hacer a su padre, lo enmarcó y lo embaló de tal manera que pudiese llegar sin sufrir ningún percance a la Ciudad de Quito.

Había que viajar, pero no tenía dinero para comprar los pasajes, pero decidido a cumplir con su tarea, un amigo le ofreció llevarlo amarrado a él y su cuadro en la parrilla de una Centinela del Norte.

Así fue, el tortuoso viaje de 15 horas hasta la capital, que para el año de 1.965 ya superaba los 350.000 habitantes debido al crecimiento vertiginoso, como era la tendencia mundial, en este momento de la historia las capitales de extendían a un ritmo acelerado, para convertirse en poco tiempo en las metrópolis del siglo XX.

El bus de transporte llevó al niño y su obra hasta el “Tejar” donde llegaban las empresas de transporte que arribaban de la Ciudad de Tulcán, en el centro de la capital, esta parecía enorme, las lomas circundantes estaban llenas de casas. Y ahora ¿dónde estará “El Cordobés”? Se preguntó.

Alguien comentó que los matadores españoles se alojaban en el Hotel Quito que se encontraba en las afueras de la Capital, al otro lado de la ciudad.

Julio, jamás se había rendido por nada, así que entre preguntar caminar y tomar un bus llegó al lugar donde se alojaba el matador. El lugar era hermoso, allí la ciudad dejaba entrever los rasgos de la modernidad, que contrastaba con la construcción colonial de la vieja ciudad, en la entrada del hotel había una visera gigante que parecía sostenerse en el aire.

Decidido a encontrar a Manuel Benítez, caminó hacia la puerta y le habló al hombre elegante que estaba parado en la entrada y que permitía la entrada a las personas.

Buenos días, quiero ver al “Cordobés”, pidió el niño, el hombre sin apenas mirarlo, le respondió:

No puedes pasar y sin más se dio vuelta y se alejó.

Julio, había hecho un viaje largo, estaba cansado y no era posible él que no pueda entregar su cuadro al torero español.

Forzado por el cansancio se sentó en la vereda junto a un grupo de indígenas otavaleños, que vendían artesanías.

Con el pasar de las horas, Julio conversaba con los mercaderes de su aventura y le asaltó el temor de que tal vez la misión de ver al “Cordobés” era casi imposible.

El muchacho despertó la simpatía del quienes vendían los tejidos de Otavalo, le permitieron quedarse en el lugar junto a ellos y pudo dormir sobre una estera y cobijado con algo de la mercadería.

Así pasaron las horas, nada hacía predecir que el muchacho cumpliese con su anhelo, pero el carácter indomable, extrovertido y jovial de Julio, le permitió acercarse al personal operativo del hotel y no ser rechazado. Entonces pudo enterarse de los movimientos del torero que dada su popularidad, pretendía pasar desapercibido en el anonimato, para evitar los efectos y los estragos de la fama desmedida.

Hasta que en cierto momento que uno de los guardias del hotel lo llamó para indicarle, mira allí cerca de la piscina se encuentra “El Cordobés”. Con sigilo le permitió que pase, anda, le das el presente y sales rápido por aquí mismo, le recomendó.

De acuerdo expresó Julio, con las emoción de estás cerca del torero, apenas pudo sacar el cuadro de su empaque y entró de prisa hacia la piscina donde estaba Manuel Benítez, con tal mala fortuna que Julio tropezó, este accidente, alteró la tranquilidad del momento y provocó la exasperada reacción del torero, se alzó de la poltrona y levantó sus manos, con un ademán de molestia masculló:

“Chaval, quitad de aquí”, “me tienen loco”, señaló en voz alta y sin apenas reparar en el muchacho y se alejó del lugar, para perderse al interior del hotel.

 

El “Viti” y la sensibilidad

Julio, que había esperado con tanta ilusión este momento por tanto tiempo, no pudo contener las lágrimas que brotaban con indignación de sus grandes ojos azules.

Mientras recogía sus cosas del suelo, un hombre alto, serio, con voz pausada y grabe explicó: Mirad Chaval, por favor disculpad al “Cordobés”, pues el intenta encontrar un momento de paz, sabes, que a veces la fama no siempre es fácil de llevar.

El hombre le tendió la mano y lo ayudó a levantarse, al tiempo que le preguntó al niño: ¿Qué habéis traído?, dejadme ver, a pero si es un cuadro maravilloso.

 

La pintura era un canto a la sensibilidad y talento artístico, el torero se sintió conmovido por el gesto del muchacho y en su interior, lamentaba que su compañero de profesión, no había podido entender y atender de manera adecuada el momento. Sintiéndose consternado, se excusó por su compañero una vez más: Por favor disculpad a Manuel, pues no tuvo tiempo de mirar. Con una sonrisa en el rostro le preguntó al niño:

¿Cómo te llamas?, el niño respondió: Julio… Julio César Rosero Mora, el hombre respondió, mucho gusto, yo me llamo Santiago Martín Sánchez “El Viti”.

Julio, que había visto las fotografías de los toreros, sabía del “Viti”, pero no lo había reconocido, se sentía incómodo y avergonzado. El hombre le preguntó al niño, así que te gusta el mundo de los toros, a lo que Julio se apresuró a contestar que sí. El diestro, puso sus manos sobre los hombros de chico, al tiempo que expresó:

Pues na, si me esperáis un par de minutos, voy por un par de entradas para que vayáis a la corrida de mañana y voy a brindar el primer toro de la tarde para ti.

Julio, estaba lleno de emoción, iba a ir a La Monumental Plaza de Toros Quito a ver la corrida y “El Viti” le iba a brindar el toro, el muchacho pensó:

Si “El Viti” me va a brindar el toro, ¿Y ahora como lo voy a llevar a Tulcán?

 

La corrida y el brindis de la faena

Al siguiente día Julio llegó a la plaza de toros, con la emoción de ver la corrida, pero la preocupación de llevarse el toro a su casa, era demasiado grande, en fin, ya veremos pensó el niño.

Las entradas que le regaló “El Viti”, eran para la primera fila junto al ruedo, la tarde era soleada y la plaza estaba llena a reventar. La fiesta taurina empezó con el sonar de los timbales y la banda interpretaba con maestría unos pasodobles que engalanaban la fiesta taurina.

Inició el paseíllo de los diestros y como “El Viti” era el más antiguo de los matadores que actuaban esa tarde, le correspondía la primera faena, Julio desde su sitio gritaba y agitaba sus brazos en medio de la multitud para llamar la atención de su nuevo amigo, el torero se percató de la presencia del niño y asintió con su cabeza que ya lo había visto.

Por la puerta de toriles, salió un enorme toro negro, astifino, de hermosa estampa, con mucha fuerza y correteó a placer por la arena, entonces el matador ensayó con el capote una serie de hermosos lances, ante el aplauso de la multitud que aplaudía a rabiar.

 

Al terminar el primer tercio y antes de iniciar la faena con la muleta, “El Viti”, con todo el garbo propio del matador español, levantó la “montera”, con ella señaló a todo el ruedo y dirigiéndose donde estaba el niño, le lanzó la prenda, ante la mirada perpleja de todos, incluyendo la prensa que no entendía el porqué del brindis del torero a aquel muchacho desconocido.

Julio en vez de tomar la montera, se agachó, para evitar el impacto; los aficionados que estaban cerca se la entregaron a Julio al tiempo que le decían el matador te ha brindado a ti la faena, entonces el muchacho pensó para sus adentros:

“yo pensé que me iba a regalar el toro”, la (&$^+$*%$#), me viene a regalar un “sombrero”, pero sonrió y con un movimiento de cabeza agradeció el gesto del torero.

De forma inmediata los periodistas del diario Ultimas Noticias, averiguaron el motivo del brindis de torero y se enteraron de la historia que rodeaba a aquel sorpresivo homenaje, la misma que fue publicada en el vespertino el 7 de diciembre de 1965 con la fotografía del niño pintor y el cuadro del matador español y se contaba del desaire de la primerísima figura de la torería del momento para el muchacho nacido en la Ciudad de Tulcán en el año de 1961 y que pintó un hermoso cuadro con una escena del mundo de los toros con la imagen de Manuel Benítez el Cordobés como protagonista de la escena.

 

Colofón

Terminó la feria de Quito en el mes de diciembre y la ciudad retornó a la normalidad, la fiesta taurina en el mes de enero fue a la Ciudad de Cali en Colombia. Al parecer Santiago Martín Sánchez, le relató a Manuel Benítez del niño que lo perturbó en su momento de descanso en el hotel de la Ciudad de Quito, le contó de su nombre y de la pintura con su retrato. Luego de algunos días, llegó una nota de prensa a los medios quiteños, con las disculpas del “Cordobés” para el niño ecuatoriano al que nunca pudo conocer.

FIN