HISTORIA, IDENTIDAD Y

LA FUNDACIÓN DE LA CIUDAD DE TULCÁN

Como un preámbulo provocador, te invito a descubrir cuanto tienes de las culturas Quillacinga o Pasto:

 

Las respuestas positivas, te indican el grado de identificación con los pueblos originarios.

 

El inicio de la historia

El conquistador español, cronista e historiador Pedro Cieza de León (1.520-Sevilla, España, 1.554), dejó como testimonio escrito su particular manera de mirar y describir el mundo andino, en su obra “Crónica del Perú”.

Los conquistadores españoles, que de manera casual se encontraron con un continente desconocido, diferente a su cultura, valores y principios, por lo tanto la lectura que ellos hicieron del “continente americano”, fue desde una estructura mental marcada por el “Catolicismo” a ultranza, producto de la cultura del medioevo europeo y la política implementada por los Reyes Católicos “Isabel y Fernando”.

Los españoles buscaban con denuedo “El Dorado”, metales preciosos y piedras preciosas, de tener el control político y militar de los territorios que iban encontrando, con el imperativo cultural de “evangelizar” y solo lo podían hacer desde sus limitaciones culturales, políticas, religiosas e idiomáticas, el “español” de su tiempo.

El entorno geográfico

Pedro Cieza de León, describe a su manera el paisaje y la vida de los pueblos que va encontrando, en este caso particular desde la villa de Pasto, hasta el poblado de los Tuzas, en su camino que lo llevaría a Quito y luego hasta el Perú.

A Pasto y sus pueblos los denomina como parte de la Villa Viciosa, entendiendo como a los lugares verdes, hermosos, donde las poblaciones se dispersaban en todo el entorno.

Los Quillacingas y los Pastos

Él describe a sus pobladores, a los Quillacingas como gentes “desvergonzadas”, para describir a los pobladores que tenían una actitud atrevida, pobladores malhablados, maldicientes, insolentes, petulantes y los pobladores a los que les llamaban “pastos” como sucios y tenidos en poca estima por los pobladores de los pueblos vecinos.

En estos parajes, eran escasos los cultivos de maíz, casi ninguno, a causa de la tierra muy fría, y de la semilla del maíz muy delicada, sin embargo eran abundantes las papas, la quinua y otras raíces que los naturales sembraban.

Los pobladores tendían a ubicarse cerca de los caminos, que estaban ahí desde siempre, desde el paso de los animales y los primeros cazadores que habían pasado desde tiempos inmemoriales.

En medio de los pueblos estaba el río con un puente natural, llamado “Lumichaca”, hasta dónde hacía poco tiempo habían llegado los Incas, en una avanzada para preparar la conquista del grueso del Pueblo Pasto.

Los pobladores de estas tierras, los miraban de soslayo, sin retirarse ni tampoco ofrecer resistencia, porque no se sentían dueños ni originarios de estas tierras dónde era difícil vivir por lo frio y duro del trabajo en la tierra, pero que ofrecía vías para ir a cualquier parte.

En medio del frío, había vertientes de agua caliente, dónde iban los habitantes de estas tierras con gran gusto, para aliviar la dureza del trabajo y soportar con alegría el frío permanente de estos parajes.

A los españoles les llamaba la atención los frutos silvestres, las moras, mortiños, cerotes y una especie de uvilla negra, (la moridera), que cuando la comían en alguna cantidad se embriagan y les provocaban “arcadas” (sensación de malestar que se tiene en el estómago cuando se quiere vomitar), a veces creían que alguno de ellos podía morir.

Las armas que tenían los habitantes de estos pueblos eran piedras que las lanzaban con las manos, ellos atacaban con palos a manera de cayados y algunos tenían unas cuantas lanzas mal hechas.

Para Pedro Cieza, los Pastos les parecían gente de poco ánimo, a diferencia de los jefes que se trataban mejor, para él, la demás gente eran huraños, mal encarados, no miraban de frente, les parecían seres simples y de poca malicia.

Le llamaba tanto la atención que cuando ellos se espulgaban se comían los piojos como si fuesen piñones (almendra blanca y de sabor dulce).

Además para Cieza los pobladores, no limpiaban de manera diligente los trastes dónde ellos comían y las ollas dónde preparaban sus comidas.

No tenían templos, por lo que era evidente que no tenían creencias religiosas, ni “dioses”, pero tenían la convicción, que después de muertos iban a tornar a la vida en otros lugares alegres y placenteros para ellos.

Las mujeres vestían con una manta angosta a manera de costal, con que se cubrían desde los pechos hasta la rodilla, y otra manta pequeña encima, que caía sobre la larga, la mayoría hechas de yerbas y de cortezas de árboles, y algunas de algodón.

Los indios se cubrían con una manta larga, de tres o cuatro varas, con la cual se daban una vuelta por la cintura y otra por la garganta, un ramal sobre la cabeza, que se unía a la altura de los genitales con un cinturón maure (un especie de faja o ajustador que ceñía la túnica o el manto al cuerpo.

Los españoles querían pasar lo más rápido posible por estas tierras, porque conocían que los Quillacingas, cuando un hombre moría, hacían sepulturas grandes y hondas, dónde metían sus pocas pertenencias, a sus mujeres, otras indias y si podían embriagar a sus amigos, los metían con el difunto a las sepulturas para que tenga compañía el muerto.

En la mentalidad del español, no cabía esta forma de ser y actual de los pobladores, entonces la relacionaban sin razón a los “demonios” del imaginario “Judeo cristiano” y esto los aterraba, por esta razón los tildaron de salvajes y endemoniados.

Fundación de la Ciudad de Tulcán

A los pobladores de estas tierras les llamaba muchísimo la atención los extranjeros, con su actitud, no les huían y permanecían cerca. Según dicen muchos conquistadores de aquellas poblaciones, el tiempo que él estuvo en ellas, mientras permanecían en estos lugares aumentaba la presencia de los naturales, porque por mandato de la Reina Isabel, ella mandó que los lugareños fuesen todos “bien tratados”, entonces los pobladores trataban de aprender la lengua y costumbres de los conquistadores, por esta razón nunca hubo genocidios, ni imposición violenta de la lengua, ni de la religión católica.

Los Pastos y los Quillacingas, se integraron con facilidad y rapidez al conquistador español y trabajó desde los primeros tiempos en la milicia, el transporte o la agricultura, aprendió su lengua y olvidó la suya y les hizo creer a los conquistadores que se había evangelizado.

Durante la Conquista debían erigirse una serie de villas, que facilitaren el tránsito entre Panamá, El Magdalena, Popayán, Quito, Lima, El Cuzo, las minas de Potosí, para poder llevar las riquezas que se encontrasen a España, de manera los líderes de la conquista Francisco Pizarro, Sebastián de Benalcázar, Diego de Almagro, no sin dificultades, conflictos, celos y recelos, a través de sus lugartenientes, dispusieron que se fuesen erigiendo poblados para tal efecto.

Luego de la fundación de Quito el 6 de diciembre de 1.534, a inicios del año 1.536, Sebastián de Benalcázar, eligió al capitán Pedro de Añasco para que con cuarenta soldados de a caballo y otros tantos infantes; fuese erigiendo las villas necesarias para fortalecer el imperio español en el nuevo continente y prepare la ruta de salida de los tesoros a España.

Así nacieron algunas ciudades como Tulcán e Ipiales presumiblemente en el año 1.536 o 1.537, pues no existe ningún documento que lo demuestre, sin actas de fundación oficiales, ni por el producto de grandes batallas, solo fueron parte de la estrategia de los conquistadores para imponer su poder.

La Iglesia Matriz no está en el parque principal

Tulcán nació como parte de un plan político, económico y militar, por esta razón en su plaza principal estaban las instituciones de gobierno y las propiedades de los primeros españoles que se apropiaron de estas tierras.

El imperio español, se apropió de las tierras de conquista y sus recursos, sus colonias eran parte de España y la iglesia católica debía imponerse y desaparecer las otras formas de culto, así lo había hecho, edificando sus construcciones sagradas encima de los templos de la espiritualidad de los pueblos indígenas.

En este lugar no había indicio de grandes pueblos o culturas, no había un gran poder político, ni dioses, esto explica que luego de muchos años nazca la primera Iglesia católica fuera de la plaza principal, como parte del imperativo de la evangelización y no para aplastar ninguna religión preexistente, pues no la había.

 

Jorge Mora Varela