SAN PEDRO Y SAN PABLO

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Desde el Realismo Mágico Carchense: SALTAR EL TAMO,  para espantar el MAL

SAN PEDRO Y SAN PABLO

 

Los trigales

Cuando moría el mes de junio  llegaban las vacaciones, y con ellas la oportunidad de ir al campo a mirar como el sol en comunión con la tierra habían teñido de dorado los granos de trigo de los hermosos trigales de mi pueblo, como una bendición que garantizaba a la familia el pan de cada día.

Formando un laberinto interminable y misterioso, las espigas de trigo coqueteaban con el viento de verano y  su cadenciosa danza  insinuaba las mieles del amor a los jóvenes que se buscaban con la mirada, para encontrarse en los rincones discretos del trigal.

El tamo

El tiempo de cosecha había llegado y los cegadores separaban el tamo que quedaba en las eras después de trillar las semillas de trigo, porque era la víspera de San Pedro y San Pablo y a la mañana siguiente habría muchas personas del pueblo que acudirían a recogerlo.

 

Los más bellos trigales  habían crecido en San José, tras del campo de aviación, el Carrizal, Chapuel y  Chapués; hacia allá se dirigían las familias, adultos y niños formaban  los” guangos “de tamo, los colocaban en sus espaldas y emprendían el regreso con su pintoresca carga. Durante el trayecto alguien gritaba: “Se me parió el guango”, entonces se  rehacía  el bulto desecho, amarrándolo mejor con la soga y se  reemprendía el retorno.

Al llegar a casa se colocaban los bultos en la vereda  formando una gran montaña dorada donde los juegos más diversos salían del imaginario de los niños: saltos, “volantines”, escondidas,  como una promesa a la gran celebración de la noche.

La noche

Con impaciencia se esperaba el arribo de la noche y  la fiesta se prendía al mismo tiempo que los fogones. En la calles un desfilar permanente de amigos recorría  el pueblo saltando en todas las hogueras, el ambiente de excitante alegría era propicio para los saludos y para tomarse un hervido.                    

 Para los jóvenes el tamo, el fuego y la noche eran una promesa de amor escondido,  casi un pecado que valía la pena de ser cometido; en una noche como esta a la voz de: “San Pedro y San Pablo…, abran las puertas del cielo, cierren las del infierno y vengan a calentarse en este fogón”,  muchas historias de amor se habían encendido.

La magia de la noche terminaba, el tamo se había consumido, las hogueras quedaban en silencio y el humo dibujaba siluetas  fantasmagóricas que recorrían las calles pregonando: ¡El trigo son los buenos y la paja son los malos!.  Y los malos fueron  quemados!….

Jorge Mora Varela

 

 

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