La Semana Santa en Tulcán

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LA SEMANA SANTA EN TULCÁN

TIEMPO DE RAMOS, FANESCA, VIACRUCIS, SERMÓN DE LAS SIETE PALABRAS, RESURECCIÓN DE JESÚS Y LA PASCUA

Por: Jorge Mora Varela

PRÓLOGO

Un aroma familiar y agradable, me daba la bienvenida al hogar de mis padres, como hace tantos años en casa se vivía la semana santa y se preparaba la fanesca….

EL DOMINGO DE RAMOS

Para mi madre la semana santa significaba una vivencia particular, llena de ritos y convicciones y parte de este ceremonial era embellecer la palma de cera.

En el corredor de la casa los niños la rodeábamos y nos preparábamos para mirar como con sus hábiles manos formaba hermosos tejidos con las hojas; las esteras, aventadores, canastas, manillas, aretes, collares, cruces, pitos y todo lo que a ella se le ocurría emergía con la maestría de una artista, al tiempo que nos enseñaba los secretos del tejido. Al final de la jornada nosotros colocábamos en la palma nuestras incipientes creaciones y la teníamos lista para el Domingo de Ramos.

En la mañana del domingo el templo se había convertido en un gran jardín lleno de palmas. Mientras con fervor escuchábamos la misa, mi expectativa crecía por recibir la bendición de los ramos, porque  era el instante en que todos los mecíamos y podíamos escuchar el canto de alegría que emanaba de su movimiento.  Después de la misa regresábamos con el ramo bendecido que se colocaba en un lugar especial de la casa.

LA FANESCA

La preparación de la fanesca era la oportunidad para recoger los manjares de la tierra y trabajarlos juntos en familia.

Para ello, mis padres realizaban las compras durante la semana previa de todos los productos que salían de los lugares más encantadores de la provincia. La leche la traían de la Joya, la cebolla larga y el ajo de Julio Andrade, los choclos, arvejas, fréjoles y lentejas de Bolívar, los chochos del Carrizal, la harina de San Isidro, las habas de Tufiño, las papas de San Gabriel, los maduros de Maldonado y del Chical.  

Mi madre esperaba que terminemos las clases en la universidad y lleguemos a Tulcán para iniciar la jornada, ella como directora de la orquesta, nosotras preparando los granos, los bizcochos de sal y de dulce, cortando los huevos duros, o haciendo gajos el aguacate, los hombres avivando el fuego, moviendo las enormes ollas, las mujeres de mayor experiencia sazonando, todos como un pequeño ejército, con la encantadora misión de preparar la fanesca.

Cuando todo estaba listo disfrutábamos de la comida, las ocurrencias de los jóvenes y de aquel infaltable vino dulce que se lo ofrecía al final  y que le daba un toque especial a la reunión, entonces yo entendía en toda su dimensión el espíritu evangélico de compartir en familia. Ahí estaban los platos de fanesca como resultado de la generosidad de la tierra y la sabiduría de mi madre quien se empeñaba en mantenernos unidos alrededor de una hermosa tradición.

EL VIERNES SANTO

La ciudad estaba de luto, las radios emitían música religiosa instrumental, los niños no podían correr, ni pelear, ni hacer ruido, según mi madre no nos debíamos ni bañar ni peinar,  teníamos que mantener una actitud de recogimiento y de reflexión porque “Jesús había muerto”.

Entonces debíamos visitar los templos, en cada iglesia predominaba el color púrpura, que en forma de manto cubría la urna donde reposaba el cuerpo sin vida de Jesús. En la Iglesia Catedral se escuchaban las notas tristes del órgano que estaba junto al altar, mientras que en el templo de San Francisco, las personas oraban en silencio, en la Basílica la Dolorosa, un grupo de seglares, hacían el sermón de las siete palabras y en los barrios no faltaban las representaciones en vivo del Viacrucis, donde los vecinos, le mostraban a la gente el padecimiento de Jesús.

Nos retirábamos a dormir en silencio y esperábamos con ilusión el amanecer del domingo, porque era el día en que  Jesús iba a resucitar. Entonces la ciudad volvería a vivir con alegría la Pascua de la resurrección que se traduce en un conjunto de conceptos de vida, de espiritualidad, de convicciones y en una manera de ser y hacer nuestra propia familia la de los Tulcaneños, de los Carchenses.

FIN

 

 

 

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