LOS PRIMEROS PUEBLOS QUE HABITARON DONDE SE ASIENTA LA PROVINCIA DEL CARCHI, NO NECESITARON DE LOS DIOSES.

Los carchenses, somos originarios de una tierra hermosa, fría y difícil, que nos exigió trabajo e inteligencia y que no fue necesario la presencia de los dioses para vivir, para trabajar, para compartir y para morir.

No me parecen atendibles los textos que describen la historia antigua de los pueblos originarios de la Provincia del Carchi, porque están marcados por la presencia de preconceptos traídos de otras culturas y que por esta razón NO permiten leer ni interpretar de manera certera las evidencias y las NO evidencias de la vida de los primeros pueblos.

No hay piedra sobre piedra del mundo antiguo asentado donde hoy es el Carchi

En la Provincia del Carchi NO existen vestigios arqueológicos de la antigüedad que indiquen la presencia de templos, no hay piedra sobre piedra de esas épocas.

Pero si existieron vestigios de cerámica, de orfebrería, de simbología que demuestran que en estas tierras existieron desde hace algunos miles de años poblaciones nómadas que de a poco se fueron asentando y formando sus centros poblados y de manera lenta fueron convirtiéndose en pueblos con sus propios esquemas de vida y de supervivencia.

La forma tradicional de estudiarlos ha sido desde una concepción europea, imperial, occidental, católica, por esta razón se ha pensado que en estos habitantes debía haber una espiritualidad innata, el concepto de padre o de madre, de amor o de reinados y de jerarquías.

El origen de la humanidad y su dispersión

Propongo otra manera de pensar, desde una visión amplia en el tiempo y el espacio. La humanidad nace en el África y el homo sapiens comienza sus migraciones sucesivas desde hace 200.000 años, hasta hace unos 100.000 años, lo que demuestra que el mundo se fue poblando de humanos en formas y en tiempos diversos.

La presencia de flujos humanos en el continente suramericano parece encontrarse entre los 25.000 y los 10.000 años, también en formas y en tiempos diversos.

Los caminos los marcaron los animales en la lucha natural por la supervivencia, de manera que los primeros habitantes seguían la huella de los grandes animales, en el ánimo de cazarlos, por esta razón los primeros humanos que pisaron nuestras tierras no se quedaron, ellos iban tras de sus presas.

La segunda paso de los seres humanos fue tras la caza de animales menores y tras la recolección de frutos silvestres y lo hicieron de tal manera que se alejaron hasta encontrarse en las tierras áridas del sur del continente, donde entre tantos nació el pueblo Inca.

Un tercer momento de migración originaria se dio a través de la dispersión lenta de alrededor de tres mil años de los pueblos que traían los rezagos atávicos de los pueblos centroamericanos que sabían de la lucha contra los fenómenos violentos de la naturaleza y el desarrollo de la inteligencia al servicio de la supervivencia del pueblo Maya, que se extinguió luego de un período de sequía de más de un siglo.

La vida para los primeros habitantes permanentes

Llegaron grupos humanos desde el pueblo azteca y el pueblo maya aparte de otros grupos menores y se asentaron desde la sabana montañosa, hoy colombiana, hasta las estribaciones del Carchi, donde el paisaje es verde, sin los huracanes, ni los insectos, ni la fauna exuberante, ni el calor sofocante, ni la humedad del centro del continente, tampoco del frio polar de las remotas tierras del norte, donde la supervivencia humana era posible sin mayores dificultades.

Los sacrificios humanos

Me llaman la atención la forma de los sacrificios humanos en algunas partes del mundo y que se han interpretado desde mi punto de vista de forma errónea, como una ofrenda a los dioses, sino como una manera de entregar lo más preciado a cambio de apaciguar los efectos catastróficos de un fenómeno natural.

En el Japón antiguo se enterraba viva a la víctima, como un intento para aplacar la presencia de los terremotos que sucedían con frecuencia en estas islas y que provocaban la muerte a su población.

Los sacrificios humanos en Mesoamérica (México y Centro América), obedecía al intento por aplacar el efecto destructor de los huracanes y las sequías.

En el sur del continente americano se hacían sacrificios humanos en el territorio Inca, para intentar aplacar las erupciones de los volcanes como el Misti en el actual Perú o en el Llullaillaco en lo que es la Argentina.

En esta tierra no se necesitaron a los dioses

Sin embargo en las tierras altas de la serranía carchense, ni templos, ni vestigios de sacrificios, nada, solo un clima frio y húmedo, que no terminaba de ser agradable, sin cambios de clima extremos, dada la cercanía a la mitad del mundo. Las condiciones de vida no eran fáciles, una tierra negra y la flora siempre verde, lluvias habituales, frecuente pero limitada variedad de alimentos silvestres y condiciones aptas para el cultivo, que NO permitían sonreírle a la vida con facilidad, pero tampoco para implorar la presencia de los dioses.

Una tierra que bordeaba entre la paradoja de lo deseable y lo inhóspito, apta para el cultivo de la papa y la crianza de los animales pequeños, con algunas vertientes de agua caliente a las faldas de los cerros, un territorio difícil y apacible, tierra de paso donde daban ganas de quedarse por su belleza y porque ahí era posible la supervivencia no sin esfuerzo y decisión.

El sol pasto es una prueba de aquello, este símbolo demuestra que los pobladores entendían el movimiento de la fuente de luz y de calor y entonces podían actuar en consecuencia, para la siembra, para la cosecha o para movilizarse.

Y así somos los carchenses, originarios de una tierra hermosa, fría y difícil, que nos exigió trabajo e inteligencia y que NO fue necesario la presencia de los dioses para vivir, para trabajar, para compartir y para morir.

 

Jorge Mora Varela