Desde la mirada de Jorge Humberto Despedida a mi abuelo

Desde la mirada de Jorge Humberto

 

Despedida a mi abuelo

Publicado en YouTube, en: https://youtu.be/NKLjxn46wcw

 

Hoy despedimos a mi abuelo, Carlos Santacruz. Y creo que una vida tan larga y tan llena como la suya es difícil de resumir en unas pocas palabras.

 

Mi abuelo nació en un mundo muy distinto al nuestro. Creció en el Carchi de los años treinta, en una época de muchas necesidades, cuando salir adelante no era algo que pudiera darse por sentado. Desde muy joven conoció el trabajo, el esfuerzo y la responsabilidad. Junto a su madre y a sus hermanos fue abriéndose camino y construyendo, poco a poco, su propia vida.

 

Detrás de ese joven que empezó prácticamente desde abajo estaba el hombre que después, con muchísimo trabajo, conseguiría construir su propio porvenir, casarse con mi abuela, Laura Delgado, formar una familia y procurar que a sus hijos nunca les faltara aquello que él había tenido que conseguir con tanto esfuerzo.

 

Pero creo que hubo algo que entendió especialmente bien: que la mejor herencia que podía dejarles a sus hijos no era solamente lo material. Era la educación.

 

Para él, que sus hijos estudiaran, que fueran profesionales y que tuvieran herramientas para enfrentarse al mundo fue una prioridad. Y ese legado no terminó con ellos. Pasó también a nosotros, sus nietos. Cada vez que alguno buscó estudiar, crecer, superarse y llegar un poco más lejos, estaba continuando, quizá sin saberlo, un camino que él había comenzado muchos años atrás.

 

Yo recuerdo a mi abuelo como un hombre de carácter fuerte. Un hombre al que siempre recuerdo trabajando. Pero esa fortaleza convivía con un abuelo profundamente afable con sus nietos.

 

Y tengo una imagen de él que nunca se me ha borrado.

 

Cuando éramos niños, volvíamos de un campamento y el bus en el que viajábamos se dañó. Mi abuelo fue personalmente con su gente a ayudarnos. Todavía puedo verlo debajo de ese bus, trabajando para arreglarlo y conseguir que todos esos niños regresáramos sanos y salvos a Quito.

 

Puede parecer solamente una anécdota, pero para mí resume mucho de quién era mi abuelo: cuando había un problema, él aparecía. Y se hacía cargo.

 

Así fue también cuando llegaron los momentos verdaderamente difíciles. Cuando nuestra familia atravesó sus épocas más oscuras y dolorosas, él estuvo ahí. Y cuando falleció mi abuela Laura, alrededor suyo sus hijos y sus nietos encontraron todavía más motivos para mantenerse unidos. Fue, durante muchos años, un nexo inquebrantable de nuestra familia.

 

Mi abuelo también fue un hombre de memoria privilegiada. A través de sus historias conocimos un Carchi que nosotros no vivimos: sus viejas glorias, sus personajes, sus amigos, sus apodos, sus lugares y esas pequeñas historias que difícilmente aparecen escritas en los libros, pero que construyen la identidad y el color de una tierra.

 

Él recordó ese mundo y lo contó. Y esas historias inspiraron también a mi padre a conservarlas y a inmortalizar una parte de aquella memoria.

 

Y cuando pienso en todo ese pasado que mi abuelo llevaba consigo, inevitablemente pienso también en su música.

 

Porque si todos esos recuerdos tuvieran una banda sonora, seguramente estaría hecha de boleros.

 

Los boleros acompañaron su vida y terminaron acompañando también la nuestra. Estaban presentes en los cumpleaños, en las reuniones, en las celebraciones familiares. Su gusto por esa música pasó a sus hijos, marcó profundamente también a mi mamá y, casi sin darnos cuenta, terminó llegando hasta nosotros.

 

Por eso hoy entiendo que aquellas canciones eran mucho más que la música que le gustaba escuchar a mi abuelo. Eran también una manera de transmitir una época.

 

Hay boleros que pertenecen a recuerdos que ni siquiera vivimos, pero que sentimos nuestros porque crecimos escuchando sus historias y su música. Y otros que inevitablemente nos llevan a una mesa familiar, a un cumpleaños, a nuestros padres, a nuestros abuelos, a una casa llena de gente.

 

El pasado de nuestra familia tiene, en cierta forma, el sonido de esos boleros. Y mucho de eso se lo debemos a él.

 

Después, cuando nosotros crecimos y él ya era un hombre mayor, tuvimos la fortuna de conocer también otra faceta suya. Le gustaba salir, viajar, conocer lugares. Íbamos juntos al cine y disfrutaba especialmente de aquellas películas que le recordaban también otras épocas, como el cine de oro mexicano.

 

Son recuerdos sencillos, pero hoy adquieren un valor inmenso. Porque detrás del hombre trabajador, del padre exigente, del hombre de carácter fuerte, nosotros tuvimos la posibilidad de conocer simplemente a nuestro abuelo: el que viajaba con nosotros, el que iba al cine, el de las Navidades y las fundas de caramelos, el que disfrutaba estando rodeado de su familia.

 

Por eso hoy creo que el legado de Carlos Santacruz es enorme.

 

No solamente por todo lo que construyó, sino, sobre todo, por las personas que ayudó a construir.

 

Nos enseñó que frente a la necesidad se trabaja; que frente a la adversidad uno permanece firme; que a los hijos hay que darles las herramientas para que puedan llegar incluso más lejos que uno; y que, por más duro que haya sido el camino, siempre debe quedar espacio para la familia.

 

Hoy nos toca despedir al hombre, pero no todo lo que dejó.

 

Quedan sus hijos. Quedamos sus nietos. Quedan sus historias. Queda su manera de enfrentar la vida. Queda la educación que convirtió en un valor familiar. Queda aquel Carchi que conocimos a través de sus recuerdos. Y queda un camino que comenzó mucho antes de nosotros y que ahora nos corresponde continuar.

 

Y seguramente, en el futuro, cuando nuestra familia vuelva a reunirse para celebrar un cumpleaños, una Navidad o simplemente para estar juntos, en algún momento volverá a sonar un bolero.

 

Y cuando eso ocurra, estoy seguro de que, aunque sea por unos instantes, el abuelo Carlos va a estar nuevamente con nosotros.

 

Gracias, abuelo, por todo lo que construiste antes de nosotros.

 

Gracias por enseñarnos de dónde venimos.

 

Y gracias por dejarnos tanto para llevar con nosotros hacia donde vamos.

 

Creo que ahora el bolero se convierte en uno de los ejes de la despedida, en vez de aparecer solamente como un gusto personal. Además, la última imagen tiene algo especial para una misa: no termina estrictamente en la muerte, sino en la continuidad. La próxima reunión familiar en la que suene esa música será, de alguna manera, la primera constatación de que una parte de Carlos sigue presente en la familia.

 

Jorge Humberto Mora Santacruz