Hoy escribo con el corazón roto.
Desde que conocí la historia de Nathaly Mafla, algo dentro de mí no encuentra calma. Su nombre ha dejado de ser solamente un nombre; se ha convertido en el rostro de miles de jóvenes que cada día salen de sus hogares con sueños, cuadernos, proyectos y esperanzas, creyendo que regresarán al final de la jornada para abrazar nuevamente a sus familias.
En estos días he visto a Nathaly en cada una de mis guaguas. La he visto en mis sobrinas, en mis amigas, en todas aquellas mujeres que alguna vez fuimos estudiantes universitarias y que aprendimos a caminar con miedo en las calles, a enviar mensajes al llegar a casa, a compartir nuestra ubicación en grupos que creamos con amigas me viene el recuerdo de aquel "Nos Cuidamos Juntas" que muchas de quienes ahorita leen esto lo recordarán, desconfiando de la noche y, muchas veces, incluso del día.





