Por unos instantes la casa recobró la vida

Por unos instantes la casa recobró la vida

La casa solía ser un proyecto de vida, un espacio vivo, sonoro, vital, un punto de esperanza, un refugio de seguridad, de amor y un cable de alta tensión que intentaba lanzar a los muchachos a la vida, para que puedan hacer crecer sus alas, sus garras y su temple y un día cuando crean tener las suficientes herramientas nos digan adiós.

Así decía la teoría y así fue, en la tarea de crecer, de afilar sus dientes y frotar sus manos, de tomar aire, de otear el horizonte, de elegir caminos y empezar a ser, mientras caminaban hacia adelante en un camino sin retorno.

Un día, sin apenas percatarnos, la casa quedó vacía, en silencio, porque los proyectos de vida, los espacios de esperanza, el refugio caliente, seguro y el cable de alta tensión bajaron sus brazos, porque ya no eran necesarios, porque ya cumplieron su cometido y guardaron sus armas en silencio y en paz.

Entonces cada rincón de la casa se convirtió en un recuerdo silencioso que atestigua la vida, el amor y los logros hechos realidad. Entonces estos proyectos de vida que ahora son realidad en su individualidad, dejó como efecto secundario la casa vacía, como resultado de las tareas trazadas y cumplidas, de sueños y luchas hechos realidad; que ahora permanece en una tensa tregua con la esperanza de volver a combatir, cómo el soldado que aunque ganó todas sus batallas aún se mantiene vital y en guardia aunque ya nadie lo necesite.

Hasta Simón y Antonia guardan silencio, desde un rincón en el jardín mientras crecen las naranjas, las toronjas y las rosas que ahora son una belleza que se detuvo en el tiempo.

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Solo que ahora y por unos instantes el tiempo que dura la pirotecnia volvió a la casa el fragor de la vida, con mis muchachos con sus rostros adultos y su alma de niños y con ellos los amigos y con ellos la música, las guitarras, las voces, las risas, los tambores, las cuerdas y las quenas, con la luminosidad, el sonido y el esplendor y la duración efímera de los juegos pirotécnicos, para llenar de alegría todos los rincones de la casa, pero sobre todo mi corazón.

Entonces no puede dejar escapar unas cuantas lágrimas de nostalgia y de felicidad porque en este paréntesis luminoso me siento satisfecho por las luchas que enfrentamos en los tiempos idos, que fueron el camino al andar y aún mantenemos la esperanza de tener otros momentos de esplendor, de música y de amigos, que serán cada vez más escasos pero que cuando sucedan serán maravillosos como siempre lo fueron.

En esta paradoja, al tiempo grata y dolorosa que se llama vida.

 

Jorge Mora Varela