La nana

La nana.

Cármen cruza de vereda de prisa, se coloca en la fila para tomar el autobús, a esa hora de la mañana, los estudiantes inundan las calles y tomar transporte es casi una hazaña. Su mente en las cosas que dejó haciendo en casa: puso a lavar la ropa, atendió a su padre, preparó el desayuno para los chicos, adelantó el almuerzo, barrió la sala, sacudió los muebles, usando esa magia doméstica, de hacer tantas cosas a la vez.

Mientras peinaba a la Liz dio órdenes a los gemelos para que dejen lavando los platos y recomendó a Judit que no se olvide de llevar el lonch al trabajo. Sintió a su madre arreglando el dormitorio de su padre, luego tomaron café juntas, y ella salió. Ahora la imagina cuidando a su padre, que apenas la mira sonríe, aunque no sabe la razón de su alegría, pero sonríe.

En la parada de bus Cármen se aferra a su bolso negro, es nuevo, la patrona le regaló por su cumpleaños. -cincuenta y un años, ni parece, estoy fuerte, joven, guapa- Piensa y ríe para sí.


Llega el colectivo y apenas alcanza a subir antes de que el conductor cierre la puerta. Adentro, apretada como papas en un costal, intenta abrir espacio para ir hasta el final. Tiene treinta y cinco minutos de viaje, luego hará una pequeña caminata hasta la casa en donde trabaja y llegará justo antes de que la señora Anita salga al trabajo.

Mientras busca asiento sigue pensando en qué si apagó la estufa, si dejo las cobijas en detergente, qué si la medicina de su padre estaba completa o si a Liz no se olvidó la tarea, qué si mando el almuerzo completo al Galo. Luego viene una hilera de rezos, pidiéndole a cada santo lo que corresponde, a uno la provisión a otro la sanidad, a otro la protección, a otro la misericordia, a otro la justica, hasta que por ahí se desocupa un asiento y ella aprovecha para sentarse, entonces descansa un poco toma arie, y saca un pequeño libro que le regalo la Susanita, suspira y piensa con cariño: -mi Susanita, como ha crecido, ya está en la universidad-

Recuerda cuando la recibió dieciocho años atrás, tenía cinco meses, era gordita, cachetona, pelo negro y puyoso. En aquellos años, Cármen, no podía trabajar fuera de su casa, así que la mamá de Susanita la llevaba todos los días para que la cuidara mientras ella se iba a trabajar. La crio metida entre las manualidades, las lanas, mientras hacía malabares para cuidar de su madre que estaba operada de la cadera, por suerte su padre lucido aún y fuerte trabajaba y no era uno más a quien cuidar como ahora.

Con los ojos prendidos en la tapa del libro, hace un repaso de los pequeños que se llevaron un pedazo de su corazón desde jovencita, cuando su madre le consiguió trabajo como niñera cuidando al pequeño Joaquín. Cármen con toda la ilusión de la juventud lo acompaño hasta que salió de la escuela. Luego vino la Karina, el Miguel, la Paty, la Conchita, el Toñito. Suspira al recordar al niño, tan chiquito y flaquito parecía un gorrión fuera del nido, como si no fuera a sobrevivir, cuando su madre lo fue a dejar no quería hacerse cargo, pero alguien tenía que cuidarlo. Su madre trabajaba en todo lo que podía para solventar los gastos, el padre había desaparecido y a veces se quedaba con su familia por días y semanas.

Mientras el bus avanza por la ciudad, a Carmen se le llenan los ojos de lágrimas, recuerda aquel día que tuvo que despedirse del Toñito, tenía cuatro años y la llamaba mamá además no quería ir con su madre, eso fue el motivo para que prescindieran de sus servicios. Cármen sin tipo por primera vez un dolor intenso que casi la rompe y por lo que por algunos años ya no volvió a trabajar de nana. Se dedicó a cocinera, ayudante de costurera, limpieza en casas.

Luego se embarazó de la Liz y a la par el Alzheimer de su padre, las necesidades aumentaron, el trabajo de su marido no alcanzaba. Pero la vida que siempre equipara la balanza, mando la provisión con Anita, sobrina de una ex patrona para pedirle que le cuide a su bebe.
Sacude la cabeza y piensa en el pequeño David, estará ya despierto mirando la tv, como cada mañana sentado en la cuna a su espera, para que lo cambie y empiecen la aventura de cada día.

Con el sellara su carrera de cuidadora, lo dejará cuando se vaya al colegio.

-Dejar- Suspira, ¡que cosa más fea! Se acuerda de Saraí, la pequeña que cuidó casi dos años hasta que se fue a vivir a otra ciudad. Cármen, como buena nana se fue con ellos para verificar donde iba a estar su pequeña, la instaló y prometió volver, y así fue. Ha tenido que viajar a los cumpleaños, a los eventos especiales, a una que otra navidad, sola o acompañada, es como tener una parte de la familia para visitar.

Se cruza los brazos, los mira con gratitud, has sido fuertes y han mecido tantos sueños, han sentido el calor de tantos bebes; sus manos han tomado muchas manos pequeñitas y las han sentido crecer; sus ojos han mirado el paso del tiempo, sus oídos han escuchado diversas risas y su voz ha consolado tantos llantos, su corazón que ama tanto a los suyos, también se ha extendido para amar a otros, algunos la han olvidado, otros la recuerdan, y para pocos sigue siendo parte de sus vidas pero ella no lo sabe.

Esta mañana no pudo avanzar en su lectura, ha pasado el tiempo sumergida en la nostalgia. Se baja del bus apurada y se apresura a su trabajo, apenas entra la señora coloca al pequeño David en sus brazos, se despide con una sonrisa afanada y sale.

Carmen empieza su día mirándose en los ojos del pequeño, agradecida por dar y recibir amor en aquella sonrisa.

 

Por: Irene Romo C.

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