Un comentario al hermoso libro: “Fragmentos de una vida grande” de Narciza Vivas
Madre Mía interpretada por Jessica Soto, en: https://youtu.be/pffXL29iTzI
Es gratísimo volver a mi ciudad, a mis raíces y esta vez al icónico Teatro Lemarie, por la gentileza y la generosidad de una mujer sorprendente, Doña Narciza Vivas que ha puesto en mis manos este regalo, el de comentar su libro, “Fragmentos de una vida grande”, en el mejor escenario, el de mi niñez, el de mi padre, que alguna vez estuvo tras las máquinas del cine, el de Don Carlos Santacruz, que disfrutaba de las películas que tanto le gusta, el de la época de Oro del cine Mexicano, el de Doña Laura Delgado, el de todos nosotros, en su versión más pura y linda.

Esta vez para presentar y para resaltar las virtudes de su Madre “La querida Minda Vivas”, que pudo construir su vida y su familia en estas calles, en estas casas, entre algunas de nuestras familias.
Como un deber cívico, como un deber moral, como un deber ciudadano, que nos obliga a ver el valor del pueblo tulcaneño que no depende de sus paisajes o de su clima o de sus autoridades. Depende de la capacidad de sus personas, generosas y solidarias que nacen y viven en entornos difíciles, pero que construyen su vida de forma superior en el confín de sus limitaciones y que vista a las luz del tiempo, lo han hecho de forma ejemplar.
No es posible leer este libro sin que unas cuantas veces se haga un nudo en la garganta, porque su autora sin pretender hacerlo, en el mundo de la Minda, nos identificamos, porque somos parte de un pueblo que tiene que luchar, tiene que ser solidario, tiene que ser invencible, caer y levantarse, sin amilanarse diría en otro contexto el Dr. Velasco Ibarra.

La historia de “La Minda” y sus vicisitudes, que de alguna manera me ha llevado al argumento de La Vida es Bella, cuando el padre del niño iba camino a la muerte y para su hijo llevaba la mejor de las sonrisas.
La vida fue dura, durísima para “Doña Herminda”, pero llevaba la mejor de las sonrisas, para su madre, para sus hijos, los que salieron de su vientre y los que ella adoptó porque quería, porque esa es su manera de entender la vida.
A mediados de los años 80’, junté mi vida con una hermosa mujer, la que en la niñez fue “La samba jodida”, la que, por juguetona, perdió en el rio uno de los zapatos del desfile, en los términos de Doña Minda y recogida por Narcisa en el capítulo XII (Las familias que se hicieron alma).
Y claro cuando te casas llegan a tu vida otros personajes que no estaban en el guion original, sin embargo, la enriquecen, la llenan de color, porque de entre los recovecos de la casa, pasaba como un fantasma una jovencita de ojos vivísimos, una sonrisa permanente y unos deseos de salir a conquistar el mundo, Dona Narciza, junto a ella un muchacho más introvertido e igual de ojos grandes, vivaces Álvaro y una mujer pequeña de estatura, que tenía la dulzura, la fuerza y la paciencia para cargar y amar a mis propios hijos, a mi Daniela y a un muchacho que desde que abrió sus enormes ojos le llamaba la atención la calle, mi hijo Jorge Humberto y por supuesto que “La Minda” se convirtió en la cómplice de ese deseo de ir más allá, mucho más allá del límite del portón de la casa de la Veintimilla, de ver que había dónde terminaba la vista de la avenida que llevaba a las dos calles y más allá.
Y eso construyó en mi una imagen, la de una mujer, que sospechaba que la había tenido difícil en la vida, pero que era una triunfadora.

Gracias al libro que habla de la vida de “La Minda” escrito por su hija la Abogada Narcisa Vivas y subrayo su título académico, porque, la herencia y la huella que dejamos los padres, no solo se mide en el patrimonio tangible, se mide sobre todo por lo intangible, en la herencia cultural, los valores, el carácter, las metas, la obligación de construirse y de llegar más allá de los límites de los progenitores, aunque ellos, (nosotros) solo lo intuyamos de manera difusa, pero firme.
Y ahora se ha cumplido una parte, Narciza, para quien no había límites marcados por la pobreza, más bien había metas que alcanzar, objetivos que cumplir, una familia que construir, tomó de su madre su esquema de valores, los más sobresalientes, estructuró su familia con Mauricio y a su alrededor la adornó con sus hijas Jessica, Verónica y Daniela y sus nietos, se puso la mochila al hombro para alcanzar su título profesional, llegar a la academia, probar el néctar un tanto suigéneris del mundo político que de vez en cuando se parece al “fernet”, desagradable para algunos y un néctar de los dioses para otros.
Empeñada en construir un patrimonio tangible e intangible, con metas en camino y una misión sagrada: plasmar en un libro lo sobresaliente de su madre, Doña Herminda Vivas y aquí estamos para disfrutar de este momento sublime de gratitud y amor.
Felicitaciones Narcisa por este libro que, a la luz del simbolismo expresa el deber y el placer de respetar y admirar a su madre, vale lo que pesa en oro, diría mi abuela a su manera.
Un aplauso enorme para la escritora, para la homenajeada, para su compañero de vida, para sus hijas y sus nietos, para mi querido pueblo de Tulcán.
Muchas gracias.

